Termitero



 

 

 

 

 

 

 

Los inofensivos
Yolanda Arroyo Pizarro

 

 

 

 

 

© SARA BAUKNECHT PITTSBURGH POST-GAZETTE

Abuela tenía un agujero en la cabeza de considerable tamaño. De él salían guerreros bantúes, curanderas del imperio Ashanti, médicos brujos yorubas, tamborileros hausa y cazadoras amarillas de Ghana que muy inofensivamente poblaban la sala de nuestro hogar en la costa. Las olas del malecón daban contra el paseo tablado y su olor salitroso llegaba a las escalinatas de la casa, subía hasta la cocina, se restregaba por los intersticios de las habitaciones. Allí la esencia del mar combinaba energías que se disgregaban alrededor de los muebles de mimbre, la mesa de centro y las máscaras africanas que adornaban las paredes. Los guerreros y los médicos brujos eran quienes más argumentaban entre sí, a veces muy fogosamente alzando la voz, a veces muy murmurativos sobre el tema de la intensidad de las mareas o la salinidad de la fragancia del océano. Que si este era más o era menos oloroso que las de la masa de piélago madre abandonada. Que si acá las cebras, los lémures  o una cría de elefante eran más majestuosos. Que si el amamantar de niños recién nacidos era más enternecedor en esta parte del mundo o si su revoloteo de llanto más adolorido. De la mollera abierta de la abuela se desprendían sorpresas originarias del Lago Chad, emergían flautas y toques de tambor estridentes de los mandinga o asomaba la punta del Kilimanjaro, mezquitas de Mali o jinetes de las viñas agrícolas fulani. En ocasiones teníamos que llamar a la grúa para sacar las gigantescas concepciones que atiborraban los espacios, pues no había cabida para dormitar o siquiera comer. Un día comenzó a desbordarse toda el agua del río Congo y arrastró todos los muebles por varias cuerdas de terreno abajo, dejando en el patio, enredada entre los columpios, una canoa varada. De ella salieron, no sin esfuerzo, una familia somalí quienes nos acusaron con desespero, de habernos blanqueado, de haber adoptado costumbres y saberes del amo, y quienes no pararon, día y noche, en exigirnos a gritos el regreso. El griterío aquel se quedó en nuestra húmeda casa por varios años. Cuando la abuela por fin emprendió su último viaje, los somalíes se retiraron con ella, pero fue muy confuso el desapego.  Quienes nos quedamos en el desierto de nuestro jardín, a este lado, nunca supimos, o al menos jamás nos quedó claro, si era aquel el momento de llorar.

© Yolanda Arroyo Pizarro


 

 

Gabriela y otras heroínas de Jorge Amado

 

Dejó atrás la feria donde las barracas estaban siendo desmontadas, y las mercaderías recogidas. Atravesó por entre los edificios del ferrocarril. Antes de comenzar el Morro Da Conquista estaba el mercado de los esclavos. Alguien, hacía mucho tiempo, había llamado así al lugar donde los “retirantes” acostumbraban a acampar, en espera de trabajo. El nombre había pegado y ya nadie lo llamaba de otra manera. Allí se amontonaban los del “sertao” huidos de la sequía, los más pobres de cuantos abandonaban sus casas y sus tierras ante el llamado del cacao.

Jorge AmadoLos terratenientes examinaban el grupo recién llegado con el látigo golpeando sus botas. Los del “sertao” gozaban fama de buenos trabajadores. Hombres y mujeres, agotados y famélicos, esperaban. Veían la distante feria en la que había de todo, y una esperanza les llenaba el corazón. Había conseguido vencer los caminos, la “caatinga”, el hambre y las cobras, las enfermedades endémicas, el cansancio. Habían alcanzado la tierra pródiga, los días de miseria parecían terminados. Oían contar historias espantosas, de muerte y violencia, pero conocían el precio cada vez más alto del cacao, sabían de hombres llegados como ellos del “sertao” en agonía, y que ahora andaban con botas lustrosas, empuñando látigos de cabo de plata. Dueños de plantaciones de cacao.

En la feria había estallado una riña, la gente corría, una navaja brillaba a los últimos rayos del sol, los gritos llegaban hasta ahí. Todos los fines de feria eran así, con borrachos y barullos. De entre los del “sertao” se escapaban los sonidos melodiosos de un acordeón, y una voz de mujer cantaba tonadas.


Microrrelato de Herman Hesse:

La ejecución

 

En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.

–¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado –se preguntaban unos a otros los discípulos– para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.

 –Supongo que será un hereje –dijo el maestro con tristeza.

Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.

–Es un hereje –decía la gente muy indignada–. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!

Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:

–¿Cómo lo adivinaste, maestro?

Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:

–No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.


 

Luis Rafael Sánchez

 

Tiene la noche una raíz

A las siete el dindón. Las tres beatísimas, con unos cuantos pecados a cuestas, marcharon a la iglesia a rezongar el ave nocturnal. Iban de prisita, todavía el séptimo dindón agobiando, con la sana esperanza de acabar de prisita el rosario para regresar al beaterío y echar, ¡ya libres de pecados!, el ojo por las rendijas y saber quién alquilaba esa noche el colchón de la Gurdelia. ¡La Gurdelia Grifitos nombrada! ¡La vergüenza de los vergonzosos, el pecado del pueblo todo!

Gurdelia Grifitos, el escote y el ombligo de manos, al oír el séptimo dindón, se paró detrás del antepecho con su lindo abanico de nácar, tris-tras-tris-tras, y empezó a anunciar la mercancía. En el pueblo el negocio era breve. Uno que otro majadero cosechando los treinta, algún viejo verdérrimo o un tipitejo quinceañero debutante. Total, ocho o diez pesos por semana que, sacando los tres del cuarto, los dos de la fiambrera y los dos para polvos, meivelines y lipstis, se venían a quedar en la dichosa porquería que sepultaba en una alcancía hambrienta.

Gurdelia no era hermosa. Una murallita de dientes le combinaba con los ojos saltones y asustados que tenía, ¡menos mal!, en el sitio en que todos tenemos los ojos. Su nariguda nariz era suma de muchas narices que podían ser suyas o prestadas. Pero lo que redondeaba su encanto de negrita bullanguera era el buen par de metáforas —princesas cautivas de un sostén cuarenticinco— que encaramaba en el antepecho y que le hacían un suculento antecedente. Por eso, a las siete, las mujeres decentes y cotidianas, oscurecían sus balcones y sólo quedaba, como anuncio luminoso, el foco de la Gurdelia.

Gurdelia se recostaba del antepecho y esperaba. No era a las siete ni a las ocho que venían sino más tarde. Por eso aquel toc único en su persiana la asombró. El gato de la vecina, pensó. El gato maullero encargado de asustarla. Desde su llegada había empezado la cuestión. Mariposas negras prendidas con un alfiler, cruces de fósforos sobre el antepecho, el miau en staccato, hechizos, maldiciones y fufús, desde la noche de la tormenta en que llegó al pueblo. Pero ella era valiente.


 

Sequía

 

A Alexéi Tellerías

La sequía había provocado una reducción en los niveles de la voz. El silencio fue tal que se cuarteó la piel, la comunicación y las pasiones de aquella isla. Estaban perdidos, pues las miradas habían huido a otras tierras con mejores pronósticos de lluvia, o tal vez, con mayores presupuestos para cisternas en las que se almacena la querencia. Los habitantes olvidaron la hidratación del deseo, hasta tal punto que sus lenguas se tornaron diminutas. Una mujer, que caminaba con dificultad a causa de la sed y la ausencia de voces, sintió ese día que le acariciaban el cuello. Al volver la vista, se topó con la humedad de otra mano en la suya. Un susurro comenzó a subir desde sus labios inferiores hasta su boca. La otra voz besó la suya. Ambas bocas rebeldes gritaron: ¡Lluéveme! Se abrazaron, provocando el trueno más potente nunca escuchado. Chispearon caricias, gotearon besos como relámpagos palpitados de encuentros, se vinieron sus cuerpos y profundidades unos en otros, sucesivamente. Los en sus sexos, hasta parir palabras y voces: todas las habitantes se lloviznaron de gemidos salpicados voces. ¡Comenzó a llover!

Alexéi Tellerías ©


Negro y Blanco


 

 

 

 

 Los agustinos

Yolanda Arroyo Pizarro ©

 

No solamente es tentadora, es maligna.  Es minuciosamente maquiavélica.

 

1.

Acostumbro guardar la navaja gillete dentro de la biblia. Preferiblemente en el salmo 51. Gracias a las reuniones de grupo he sabido que este fue el salmo preferido de San Agustín.  Ellos mismos, durante las reuniones de otoño, me han explicado que Agustín fue santo y mártir de la madre iglesia. Lo he declarado, pues, mi mentor, aún después de muerto.  Es mi inspiración y la de todos nosotros. Me habla en sueños y en mensajes telepáticos que a diario presiento me envía. Convencido como estoy a estas alturas del propósito de mi existencia, no tengo problema alguno para seguir sus instrucciones.

Conocí del grupo leyendo una sección en el periódico El Visitante en la que celebraban a San Lucas y anunciaban sus ágapes. Después de visitarlos, todo se ha convertido en una concatenación de eventos. Eventos acertados por cierto.  Voy primero a una tertulia y allí descubro una máxima que dejara el Santo a sus seguidores en el año 433 d.c. De su propio puño y letra escribió: “Nada rebaja tanto a la mente varonil de su altura como acariciar mujeres.


Fuga de voces

 

A veces las voces nos hacen travesuras. Por ejemplo, una noche, ellas pintaron espejos en las manos de una mujer. Afortunadamente, esta despertó a tiempo, aplaudiendo tan fuerte que una de las voces quedó incrustada en el espejo. La voz logró liberarse al otro lado. A la noche siguiente, agarró a la mujer y la llevó consigo: donde su derecha es la siniestra y el horizonte es el aquí. Al despertar, ella despierta y observa a su otra ella en la pared, que aterrorizada mira hacia la recámara que se repite una y otra vez. Pasan los días y observa a todas sus ellas en sus recámaras. Habla bajito, mas el eco se torna insoportable, escuchándose una y otra vez en susurros atemorizadores. A la semana, ya desesperada, comienza a gritar tan y tan fuerte que su voz finalmente choca contra el espejo y lo rompe. Solo así pudo fugarse de la maldad de su voz, quedando libre, pero muda.

ana maría fuster ©


 

 

 

 

 

 

 

Escritoras en el lado oscuro

Para Batallé este interés por lo crudo se debe en parte a que “las latinoamericanas, quizás por las sociedades en las que han nacido, mantienen un vínculo más salvaje con aspectos de la existencia. Echa un vistazo a la geografía, a la economía o a la historia de América Latina y por todas partes te darás de bruces con realidades durísimas. Ese dolor, sumado a una sólida tradición literaria (sobre todo masculina) más el talento de tantas escritoras, acaba destilando buena literatura”.

En su caso, Samanta Schweblin considera que este tipo de temáticas tienen mucho que ver con lo que la literatura es al fin y al cabo. “Es la manera más efectiva que tenemos de sumergirnos en la oscuridad, en nuestros peores miedos y deseos, en todo lo desconocido y lo innombrable, y volver a la realidad con nueva información y lo más ilesos que sea posible”, constata.

Algo parecido opina la peruana Gabriela Wiener, autora de obras como Nueve lunas, en la que describe el proceso de su maternidad: “Siempre me han movilizado, emocionado, revolucionado los libros que contienen revelaciones profundas sobre nuestra humanidad. Son los únicos que me enganchan y los únicos que me dicen algo, que me hablan a mí. Creo que lo que me mueve es el deseo de conocimiento. Nada más”.

El otro ‘boom’ latinoamericano es femenino

Una generación de autoras, como Samanta Schweblin, argentina, o la boliviana Liliana Colazi, se abre paso

Paulina Flores estima que tampoco hay que caer en el cliché de mujer e intimidad narrativa. “El hecho de que el patriarcado nos haya relegado tanto a la vida privada, nos entregó ciertas facultades narrativas que hoy parecen casi innatas. Pero también tengo la seguridad de que la mirada de una escritora da para mucho. Es decir, no hay que caer en el cliché de que solo escribimos sobre la intimidad, como sí solo pudiéramos escribir diarios de vida”, sostiene.


Secciones
EL PAÍS

‘Dómina’: una novela con sexo, ‘caravaggios’ y algún ruso
L. S. Hilton vuelve con ‘Dómina’, la segunda parte de una trilogía que funde arte, erotismo y muerte

Judith Rashleigh está creando un baile de manos en una bañera llena, el vaho crea una nube con olor a aceite de almendras. Sus dedos enlazados a los dedos de un muerto. Un chapoteo tan inocente como macabro. Un asesinato sin pompa y borla, y contado así, sin pompa y borla. Es la bienvenida de Judith a una nueva parte de su vida.

Dómina (Roca Editorial, 2017) es el segundo libro de una trilogía que comenzó el pasado año con Maestra y que terminará la primavera del año que viene con unas páginas que están escribiéndose ahora, todavía sin nombre. Este 8 de junio salió a la venta en España este nuevo título y su autora, L. S. Hilton, que atiende a EL PAÍS por teléfono, estará este viernes 9 de junio y mañana en la Feria del Libro de Madrid.

Maestra’: thriller feminista, orgías y alta cocina
Judith se ha mudado a Venecia, y se ha mudado el disfraz, otra vez. Ahora tiene un pasaporte a nombre de Elizabeth Teerlic y ha abierto una galería de arte en esa ciudad vertebrada por el agua, a veces inhóspita, con mucha fachada para turistas. “Venecia puede ser perfectamente una metáfora de Judith, un lugar lleno de ilusiones y secretos”, arguye Hilton. Una ciudad perfecta para el sexo y la muerte.

Allí, con la vida que ella misma se ha confeccionado a medida, no termina de encontrarse. Elizabeth Teerlic no termina de encajarle: “Al principio del libro hay una frase de Freud, el final del deseo es la muerte. ¿Qué pasa cuando conseguimos lo que queremos?”. A Judith, darse cuenta de que se había equivocado, que no era eso lo que quería.


14 Jul 2017 – 3:01 PM
EFE

La autora, ganadora del Premio Alfaguara 2004 por “Delirio”, dijo “estar cansada” de que las editoriales, fundamentalmente las de habla no hispana, le demanden obras ambientadas en el folclore de las regiones de Iberoamérica.

Por ello, su próxima obra será “muy negra”, tendrá “muchos crímenes” y no estará localizada en ninguna parte conocida, aseguró hoy en la Semana negra de Gijón (norte de España)

La escritora reconoció, en una rueda de prensa, que haber trabajado como guionista de telenovelas le permitió desarrollar técnicas literarias que le facilitaron la elaboración de personajes y tramas para sus novelas.

Restrepo dijo que la novela negra ha alcanzado un lugar hegemónico en la literatura colombiana, en la que los escritores buscan “exorcizar” los demonios de la violencia que caracteriza la realidad de ese país.

“Casi no hay otro género literario que el negro en este país y es algo natural porque hemos vivido en medio de la violencia durante muchos años”, afirmó la escritora.


El irreverente Bukowski

Jorge Andrés Osorio Guillott

 

 

Su realismo sucio escandalizó a millones de lectores, pero concitó la atención de otros tantos, que se identificaron con él.

 

Las letras de este escritor alemán no son fáciles de digerir. Parte de su personalidad apática y su escritura rencorosa pudo surgir de los problemas de violencia doméstica con su papá en la infancia. Pocos son capaces de aceptar que el realismo sucio es algo que nos empapa a todos, ya sea en las cuatro paredes de nuestro hogar o en el asfalto por el que compartimos con la sociedad. Del realismo sucio se puede decir que nació entre los años de 1970 y 1980 en Estados Unidos, precisamente a manos de Bukowski y de su personaje insignia: Henry Chinaski. Este último aparece en novelas como Mujeres (1979), La senda del perdedor(1982) y Hollywood (1989). Chinaski es considerado su alter ego y su figura autobiográfica, pues en él se plasma el gusto visceral por el alcohol, las mujeres y la vida marginal. (Lea: Bukowski presidente)

Debido a la importancia transversal del personaje Chinaski en la obra del padre del realismo sucio, Barbet Schroeder, director francés, decidió realizar en 1987 la película Barfly: el borracho, que data la vida del personaje ficticio y que lleva el libreto del mismo Bukowski para dejar algunos referentes y algunas pistas de su vida personal. Barbet Schroeder siempre estuvo interesado en proyectos relacionados con el realismo sucio y la vida de los suburbios, tan es así que, como dato curioso, colaboró con la adaptación de la película sobre la novela de Fernando Vallejo La virgen de los sicarios.


Narrativa

Límites borrosos de lo fantástico

 La escritora boliviana Liliana Colanzi viaja en Nuestro mundo muerto de lo extraño y lo mágico a la ciencia ficción y la imaginación pop.

 

En su paso por Buenos Aires, este año, la escritora participó de una mesa redonda sobre Juan Rulfo en Eterna Cadencia. Allí, los mexicanos que la acompañaban, Rafael Toriz y Rodrigo Márquez Tizano, señalaban el peso de la lectura escolar obligada de Rulfo, mientras que Colanzi enfatizó la libertad de haber leído sus relatos en Inglaterra, sin presión “oficial” alguna, y haberlos leído como historias de fantasmas. Algo de esa perspectiva que hace posible la distancia parece actuar en los relatos de Nuestro mundo muerto, tanto por la forma de convocar y entretejer las voces de la región en otros contextos, como por la libertad para revisitar y difuminar los límites de lo fantástico.

Los matices del género en estos cuentos pueden bordear lo extraño, lo sobrenatural, lo mágico y atávico, pero también internarse en la imaginación pop o explorar el sentimiento desolado de la ciencia ficción. El escenario puede ser Bolivia, la selva chaqueña, Ithaca en Estados Unidos, París o Marte. Lo fantástico puede acercarse a la definición freudiana de lo siniestro o volverse presencia con la certeza palpable de una convicción ancestral. Puede ser el ojo desmesurado de una madre omnipresente, pero también un indicio más leve, casi imperceptible, como una puerta que se cierra sola y que deviene signo sobrecogedor para una conciencia culpable.


 

El Supremo tiene siempre un Supremo Sueño, un futuro Supremo

 

No todos se sintieron aptos para la tarea, o la vieron como algo demasiado lejano a sus propios mundos narrativos. Pero Roa empezó a escribir Yo el Supremo en 1966, un trabajo de largos años. Haya sido o no aquella propuesta decisiva, este segundo ciclo de la novela sobre dictadores -porque había habido ya uno anterior donde está El señor Presidente de Miguel Angel Asturias- se inicia precisamente en 1974 con Yo el Supremo, al lado de El recurso del método de Alejo Carpentier, de ese mismo año, y El otoño del patriarca de García Márquez, que se publica al siguiente.

Hijo de hombreYo el Supremo y El Fiscal, componen lo que él mismo llamó “la trilogía sobre el monoteísmo del poder”; y encima de las dos últimas se alza el dictador Alfredo Stroessner, quien lo expulsó del Paraguay obligándolo a volver a su exilio en Buenos Aires.

Yo el Supremo retrata la tiranía en sus entrañas secretas, el poder visto como vicio, y a la vez como condena que dura hasta la muerte, cualquier que sea la época. Tanto en el doctor Francia, el tirano ilustrado de la independencia, como en Stroessner, el dictador lejano a toda ilustración, Roa vio, como en un espejo oscuro, reflejadas las demás satrapías de América Latina.

“El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita controlar la personalidad de otros. Es una condición antilógica que produce una sociedad enferma. La represión siempre produce el contragolpe de la rebelión”, dice.

El doctor Francia, el Karaí Guazú, prototipo del prócer que se convierte en poseso de la locura del poder, ya estaba en su cabeza desde antes de Stroessner, su propio dictador personal, como a todos quienes escribimos nos ha tocado un “Padre de la Patria”, o más de uno.

 


 

La verdad no está en los libros sino en la piel, en las miradas, en las ramas de los árboles, en los puentes sobre el río neblinoso y en las amadas palabras cotidianas. La amistad se fue cocinando mediante una infinidad de gestos de extrema delicadeza y con una mutua actitud de ternura vigilante.

 

París, 9 de septiembre de 1971

Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estés ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de.
Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.

Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y demás no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo.

El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

 



Catalina Aguilar Mastretta

LA NACION

-¿Te interesan las novelas románticas?

-Realmente no. Por lo menos no las que son consideradas novelas románticas hoy, las de Danielle Steel o Nicholas Sparks. No me gusta pensar en las historias de acuerdo con su género. Me gustan las historias de amor, tanto en las novelas como en la pantalla, y no sólo de amor romántico, sino de amor filial, de amistad, de relaciones humanas cotidianas. Ese drama cotidiano tiene mala fama en la ficción, como que se ha reducido mucho a una idea muy pobre de lo que puede ser, o a una preocupación que se siente “menor” contra historias que lidian con el poder, el crimen, la política, la fantasía. El amor es un tema que se antoja sencillo y por lo tanto muchas veces es abordado de manera superficial, lo cual le da esa mala fama. Para mí, es un tema muy serio, esa exploración de nuestras relaciones cotidianas es importante, nos enseña mucho de lo que somos como sociedad.

-¿Cómo fue recibida la novela en tu país?

-Muy bien. Me ha dado mucho gusto recibir tantos comentarios de gente que me dice que se ve reflejada en la historia. Los inspira a contarme su propia historia de amor, la de su mamá, sus propias pérdidas. Para mí, ésa es la mejor recepción posible, porque es lo que yo paso la vida buscando en un libro. Cuando un desconocido pone en una novela o en una película algo que me hace sentir como si me conociera muy íntimamente, es un lujo. Para mí, que no soy religiosa, esa conexión es lo más cercano que veo a una conexión espiritual entre seres humanos que no tienen nada en común. Las historias logran que nos sintamos menos solos.

 


No te detengas

 

 

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.

No permitas que nadie te a expresarte, que es casi un deber.quite el derecho

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.

Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,

la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores:
el silencio.

La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.


 

Diego y Eduardo Rabasa, dos de los editores de Sexto Piso, en su oficina de Ciudad de México Oswaldo Ramírez

Aunque más allá de la eficiencia de los números, la manufactura fuera de México también tiene sus inconvenientes. “Al hacer la mayoría de nuestras traducciones de narrativa internacional en España, el tipo español es muy distinto al español mexicano y nos han llegado críticas desde aquí”, apunta Rabasa. En un reciente thriller de un autor estadounidense, el texto estaba repleto de expresiones coloquiales traducidas en España como “tío”, “gilipollas” o “vamos a por”. Al bajar del barco, los editores de Sexto Piso decidieron darle otra vuelta a la edición mexicana y convertirlas en: “güey”, “pendejo” y “vamos por”.

 



Samanta Schweblin: una escritora argentina, en las ligas mayores

 

A los 39 años, está en la lista para el premio Man Booker. Compite con candidatos al Nobel.

El cálculo es sencillo: la “distancia de rescate” es aquella en la que podés salvar a tu hijo. Acuántos metros se puede puede alejar sin que te sea imposible alcanzarlo. El calculo incluye su defecto: el horror de superar esa distancia, la certeza de no llegar.

Así, Distancia de rescate, se llama, en castellano, la novela por la que la escritora argentina Samanta Schweblin pone un pie en las ligas mayores de la literatura. Esa novela acaba de ser incluida en la lista de candidatos al Man Booker International Prize, uno de los grandes premios literarios del mundo. Se otorga en Gran Bretaña, a libros publicados en inglés (en este caso es una traducción). El ganador se lleva, además, 60.000 libras, que ayer era algo más de un millón ciento cincuenta mil pesos. Pero eso no es lo más importante: otros nominados este año son, para que se entienda, tradicionales candidatos al Premio Nobel, como los israelíes Amós Oz y David Grossman y el albanés Ismail Kadare. O el francés Mathias Enard, que hace dos años se llevó el Goncourt, otro de esos premios más que prestigiosos. Y entre los ganadores anteriores están el estadounidense Philip Roth y la canadiense Alice Munro. Ligas mayores, dijimos.

Ella sabía que la editorial la iba a postular “pero no sé, supongo que pensé que era algo que se hacía con todos los libros de traducción”, dice a Clarín. “Ya me hace gracia, de los premios y nominaciones siempre me entero cuando estoy de viaje. Y esta vez, que me agarra al fin en Buenos Aires, me toca viviendo en Berlín”, cuenta. Schweblin vive en Berlín desde 2012, cuando llegó allí con una beca para escribir.Sin embargo, se piensa dentro de la nueva literatura argentina donde, dice “algo interesante está pasando”.

Este sábado, en Buenos Aires. Samanta Schweblin participa de “La noche de librerías”. Hablará con Sergio Olguín y Esther Cross de “¿Dónde se esconde la realidad en la ficción? A las 21 en el Living Rodolfo Walsh, en Corrientes al 1300. Gratis.

El libro por el que entra en esta lista -su versión en inglés se llama Fever dream– salió en nuestro país en 2014 y roza el género del terror para hablar de los peligros de la destrucción del medio ambiente. Nada -nunca- está dicho directamente, pero hay una casa de veraneo que debería ser amable y bucólica y en cambio anda por ahí un perro sin una pata, se describe cómo el viento mece la soja (el viento que mece la soja…) y después de beber de un riachuelo a los caballos se les hinchan los labios, los agujeros de la nariz. Y hasta hay un niño extraño ¿al que le han sacado el alma para salvarle el cuerpo? ¿Salvárselo de qué, en este contexto tóxico? El niño, como si hablara una generación nueva que sí entiende el mundo en el que vivimos, aquí es el que sabe. Una novela de terror para hablar de lo que respiramos, de lo que bebemos, de cómo vivimos. El género (literario) es el mensaje.

Leé también: “El agua mata y el viento mece la soja: un relato de terror en tiempos de transgénicos

¿Quién es esta chica? Schweblin nació en Buenos Aires en 1978, creció con padres que le leían y abuelos artistas plásticos y a los 12 años dejó de hablar. No porque tuviera algún problema en particular sino porque, dijo en alguna entrevista, la frustraba el lenguaje. “Me fastidiaba la distancia que había entre lo que yo quería hacer, transmitir, y lo que finalmente llegaba al otro”.


La escritora de las mujeres malas

 

La premiada autora gallega Inma López Silva da el salto al castellano con la novela en la que relata cinco vidas en prisión

La escritora Inma López Silva, Bernardo Pérez

Raquel Vidales
Cada vez que Inma López Silva veía por la tele a sor María no podía evitar quedarse pensando en ella. No parecía que aquella monja que había robado decenas de recién nacidos en los años 80 en España para entregarlos a familias religiosas estuviera arrepentida. ¿Realmente pensaba que no hizo mal? Tampoco parecía importarle ir a la cárcel. “Supuse que la celda de una prisión no debe de ser muy distinta a la de un convento. De todas formas, siempre presentí que no iba a entrar nunca en prisión. Era mayor y tenía alrededor a mucha gente dispuesta a salvarla”, recuerda López Silva. Así ocurrió finalmente: sor María Gómez Valbuena murió en 2013 a los 87 años en pleno juicio por sus delitos.

Por entonces López Silva, escritora desconocida en castellano pero de amplia trayectoria en gallego (tiene nueve libros publicados en esa lengua), planeaba una novela sobre el mal. “¿Y dónde se encuentra el mal? En teoría, en la cárcel. Así que metí ahí a sor María. Quería imaginar cómo se comportaría y qué sentiría esa monja en ese lugar, rodeada de otras mujeres supuestamente malas como aquellas a las que robaba sus bebés”, explica la escritora.

Así fueron naciendo los personajes de Los días iguales de cuando fuimos malas. Una monja, una prostituta gitana, una colombiana detenida con droga en un aeropuerto, una escritora condenada por intento de asesinato y una funcionaria de prisiones que antes fue bailarina de ballet clásico. Cinco perfiles muy pegados a la realidad para explorar lo que significa la maldad y la falta de libertad en estos días. “Elegí personajes femeninos porque las mujeres, por definición social, somos menos libres y más malas que los hombres”, apunta López Silva.



“El microcuento es un zarpazo”
MIQUEL HERNANDIS Alicante

           

La periodista reúne en ‘El tiempo Todo Locura’ los textos que invitan a la emoción

El tiempo Todo Locura es el libro objeto, que la mantiene

 

ocupada fuera de la redacción. Una edición cuidada de los microcuentos que escribe en Twitter y que satisfacen a sus miles de seguidores. «Quería un libro sensorial», explica por teléfono, «que lo disfrutáramos visualmente, en el tacto, en el olfato y obviamente con las sensaciones que transmite la lectura». Quería que fuese un conjunto de todas esas cosas «porque ya los había lanzado de manera gratuita -y me encanta que puedan llegar y moverse de red social en red social- y esto era dar un paso más».

 

 



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Nueva York era una fiesta

 

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Truman Capote y “el baile del siglo”. Fue hace cincuenta años, hizo historia y entre los 500 invitados estaban Frank Sinatra, Andy Warhol, Gloria Vanderbilt y Harry Belafonte.

Por Guy Trebay

Hombre sociable. Por temperamento, y por la naturaleza de sus investigaciones, Capote se acostumbró a probarse muchas máscaras.

Y si das una fiesta y viene todo el mundo? Eso es precisamente lo que ocurrió la lluviosa noche del 28 de noviembre de 1966, cuando 540 de los más íntimos y más allegados a Truman Capote aparecieron en lo que el escritor insistió en llamar su “pequeño baile de máscaras para Kay Graham y todos mis amigos”.

La velada sobrevive en filmaciones y en los recuerdos de los invitados que 50 años después todavía viven. Fue una fiesta de una clase que es improbable que volvamos a ver, dado que permitió la confluencia entonces inusitada, aunque ahora más común, de esferas sociales dispares.

“Nunca habrá otra primera vez en que alguien como Andy Warhol entre a un salón con alguien como Babe Paley”, dijo Deborah Davis, autora de La fiesta del siglo: la fabulosa historia de Truman Capote y el baile de negro y blanco , refiriéndose a una de las llamadas cisnes de Capote, la socialmente prominente esposa de William Paley, creador de la cadena de televisión CBS.

Antes del “Baile de negro y blanco” nadie había imaginado, ni mucho menos estado, en una fiesta formal con una lista de invitados tan extravagantemente variada, que amparó bajo un mismo techo a la poeta Marianne Moore y a Frank Sinatra, a Gloria Vanderbilt y Lionel Trilling, Linda Bird Johnson y la Maharaní de Jaipur, la princesa italiana Luciana Pignatelli (que llevó un diamante de 60 quilates prestado por el joyero Harry Winston) y el cineasta documental Albert Maysles.


Marguerite Duras, la escritura como aventura existencial

 

“El último de los oficios. Entrevistas 1962-1991” puede leerse como un autorretrato en movimiento, en que la escritora  revela aristas íntimas de su vida personal y literaria.

 

“Contra el poder, contra la cultura, contra los medios, contra el conformismo burgués, contra todo. Sola contra todo. Siempre sola. Siempre en contra. La violencia, esa que viene del pasado, es constitutiva de sus oposiciones. Tal vez nunca estuvo tan íntegramente presente en un libro sobre ella como en éste.” Se podría agregar: “Contra Barthes”, porque nunca mencionaba autoras.

Consultado por Clarín, el escritor define: “Si una virtud tienen estos reportajes es la de presentar una escritora que supo volver coherentes vida y obra. Están sus desgarramientos existenciales, la distancia por momentos irónica que asume con los dramas atravesados, y están también sus búsquedas en la escritura, sus lecturas -desde Rimbaud a Faulkner -, y la forma en que las mismas influenciaron la evolución de un estilo que terminará consolidándose en una manera de narrar que articula el cut-up y el disparo poético, la descripción física mínima y el registro de la interioridad.” Duras, a su vez, es muchas Duras: “No es la misma la de los comienzos, que se corta en Un dique contra el Pacífico, y la..


 

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Un Deleuze molecular

Por Daniel Scarfo

Las Cartas de Gilles Deleuze muestran otra cara del originalísimo pensador. Y un ensayo del francés David Lapoujade analiza sus principales ideas.

La materia puede ser más compleja que la vida, y el deseo lo que hace irrumpir el acontecimiento virtual en un mundo codificado, abriendo nuestra capacidad de devenir a través de múltiples pliegues. Así pensaba quien, heredero de Henri Bergson y Alfred Whitehead, definió su filosofía como un empirismo trascendental y suponía que la buena vida consistía en expresar nuestras propias potencias virtuales, abandonando territorios para extenderlos. Gilles Deleuze nos creía desiertos pero poblados de múltiples tribus y veía en la experimentación sobre nosotros mismos la única chance para las combinaciones que nos habitan.

Cartas y otros textos reune materiales inéditos y escritos de juventud. Percibimos allí su 2576864037búsqueda de un nuevo estilo en filosofía; nos enteramos de un pensado artículo sobre Céline que no llegó a ver la luz y vemos cómo lo que eran unas notas sobre Lewis Carroll acabaron en Lógica del sentido. Sus cartas al psicoanalista Félix Guattari revelan su preocupación por la necesidad de elaborar teóricamente sus conceptos, su interés por Samuel Beckett, sus conversaciones con Michel Foucault, su desprecio por Jean-François Lyotard y por la gente del cine.

En las cartas al novelista Pierre Klossowski, le cuenta del libro con Guattari sobre la esquizofrenia y anticipa el silencio o la guerra con los psicoanalistas. En las enviadas a Foucault, le dice que se ve lleno de “pequeñas cosas”, comprometido por demasiados fragmentos. En un cuestionario admite que su obra gira alrededor de cierta idea de la naturaleza, que la conclusión de Mil mesetas es una tabla de categorías incompleta, a lo Whitehead, y que se siente bergsoniano cuando dice que la ciencia moderna no ha encontrado su metafísica. Vemos también en estos textos cómo a Deleuze le repugna toda cultura trágica, por neurótica. Dice escribir libros para combatir errores, reparar olvidos y crear conceptos. Se queja de que nociones como “rizoma” y “devenir-animal” fueran tomadas de cualquier modo y encuentra abrigo en lo que hay de más terrible en el arte, que pone en desbandada la abyección de este mundo. En ese sentido, tal vez lo más interesante sea su texto sobre Sacher-Masoch y el masoquismo, donde discurre sobre la imposibilidad de un encuentro entre un sádico y un masoquista.


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La verdad sobre editores y autores

JUAN BONILLA

07/01/2017 10:32

Kurt Wolff pensaba que había dos clases de escritores: los que se presentaban al editor mediante una carta en la que trataban de defender lo que habían escrito y los que se presentaban directamente en el despacho del editor convencidos de que su presencia era indispensable para que se produjera el encantamiento. Robert Walser pertenecía al primer tipo: sus cartas eran maravillosas descripciones de los libros de relatos que enviaba (y Wolff sabía que aquellos relatos no alcanzarían a más de 100 lectores, pero se convenció de que merecía la pena poner en mano de esos 100 lectores los cuentos de Walser, que hubieron de esperar muchos años, a una reedición de Suhrkamp, para merecer una tirada de 1.000 ejemplares).

Gustav Meyrink era el capitán de los escritores del segundo tipo: se presentó en el despacho del editor y empezó a vender las bondades de su obra y, luego de media hora de monólogo, dio por hecho que Wolff estaría encantado de ocuparse de la edición de sus novelas. Todavía faltaría un tercer tipo de escritor: lo representaba Kafka, también en esto un adelantado, aunque involuntariamente. Sin que tuviera precedente en la experiencia del joven editor Wolff, Kafka les llegó por una tercera persona: Max Brod. Algo así como un agente. Lo que Brod contaba de los textos de Kafka tenía tal convicción que los editores le insistieron en que les llevase al genio o les mostrase sus fantasías. Un genio que, en persona, parecía muy poco seguro de su genialidad, o más bien poco seguro de que su genialidad pudiera despertar el menor interés en nadie, a pesar de lo cual Wolff publicó Contemplación, una brevísima gavilla de textos que necesitó de amplios márgenes para lograr dar el grosor de un delgado volumen.

Wolff -que dio a conocer no sólo a Walser y Kafka sino también a autores como Karl Kraus, Georg Trakl o Heinrich Mann- pensaba que había dos tipos de editores: los que editan los libros que merecían ser leídos y los que editan los libros que la gente quiere leer. Los de la segunda categoría, como nuestra afamada folclórica, «se deben a su público». Los primeros se aventuran en la empresa de crear un público. Naturalmente para Kurt Wolff, los editores de la segunda categoría apenas merecían el nombre de editores.El-Mundo-Logo-2016Pero ¿no podía darse en alguna ocasión la circunstancia, todo lo dichosa que se quiera, de que lo que la gente quisiera leer fuera precisamente aquello que merecía ser leído, por utilizar los dos rangos de Kurt Wolff? Y en cualquier caso, para detectar en la gente ese deseo de leer algo y ofrecérselo, ¿no era necesario asimismo un talento, un olfato, una capacidad que sí que hacía merecedor del nombre de editor a quien lo ostentara? Maxwell Perkins tenía ese olfato y ese talento. Cuando llegó a sus manos la primera versión de la primera novela de Scott Fitzgerald (A este lado del Paraíso, 1920) enseguida vio que aquel muchacho desconocido conseguía captar la atmósfera de la época y que una legión de jóvenes iban a sentirse reflejados en aquellas páginas en las que el cuidado verbal se daba la mano con una asombrosa capacidad para retratar personajes e indagar en ellos a través de sus hechos. La novela lanzó al, acaso, más formidable novelista americano del siglo XX, en cualquier caso a uno de los indispensables («To Maxwell Perkins in apreciation of much literary help and encouragement», se lee en la dedicatoria de Hermosos y malditos, 1922). Perkins venció toda reticencia para que aquella novela viese la luz y para empujar a Scott Fitzgerald a una vida de escritor -de la que sacaría grandes réditos tanto económicos como literarios, pues sus artículos recordando la época en la que pagaban muchos dólares por un relato, escritos cuando el negocio estaba en quiebra y su talento se apagaba, son una delicia: pueden leerse en Mi ciudad perdida, libro del que Scott entregó a Perkins un índice, aunque no llegó a editarse en vida del autor, entre otras cosas porque Perkins consideraba que lo que mejor convenía a Scott era publicar ficción-. 


¿Cuál es la relación entre twitter y otras formas de expresión literaria?

Twitter puede ser tu libro de notas, tu paradojal ‘cuarto propio’ público, tu página para cadáveres exquisitos o tu pitch de novela frente a miles de lectores. Twitter es una página en blanco para lo que quieras hacer de él, incluso utilizarlo como un medio que solo te redirija a otras instancias como blogs o websites personales. Generar un circuito en torno a las diferentes plataformas y los contenidos que ofrezcas en ellas. Es decir, por ejemplo, en Twitter viralizas el link a una página de Facebook que redirige a tu blog donde además dispones links a videos de tu canal Youtube, etc. Un formato sin links es mala comunicación, es un callejón sin salida.

Twitter permite que los autores sostengan una relación mucho más cercana con sus lectores. Aquella pérdida de distancia en la relación escritor-lector, permite que se desvanezca aquella creencia de que los autores deben permanecer ‘enigmáticos’. ¿Esta nueva relación, perjudica en algún modo el trabajo del autor? ¿La relación escritor-lector que se establece en la plataforma de Twitter, debe ser considerada como algo positivo o como algo negativo?

Como toda nueva herramienta puede ser tomada, dejada, utilizada, sub utilizada o convertida en un campo de experimentación. Lo único negativo sería negarse a probarla.

 

 


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Las variaciones sin fin de un genio

Picasso sobre papel. El Mamba exhibe 74 obras nunca vistas en la Argentina, representativas de todas las épocas del mayor artista plástico del siglo XX .
Por Julia Villaro

Experimental y versátil, personal y universal a un mismo tiempo, centro y periferia de sí mismo, Pablo Picasso es el artista moderno por excelencia, no sólo porque a lo largo del siglo XX rompió y reconstruyó –siempre con fluido desenfado– el lenguaje plástico cuantas veces quiso, sino por esa inmensa conciencia de sí que lo acompañó desde el principio de su vida como artista. Así lo demuestran estos 74 dibujos seleccionados especialmente por Victoria Noorthoorn –junto a un equipo integrado por Marcelo Pacheco, Laura Hakel y Emilia Philippot– para Pablo Picasso. Más allá de la semejanza : exposición curada por el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires con obras prestadas por el Museo Picasso de París, que atraviesa literalmente en una línea la vida de Picasso –y buena parte del siglo XX– a contrapelo de las categorías (harto conocidas) en la historiografía picassiana.

Haber gozado en vida de su éxito como artista –y padecido, mito o realidad, la leyenda cuenta que, al tanto de la cotización en el mercado de su firma, había decidido dejar de utilizar chequeras– podría ser otra de las características que convirtieron a Picasso en un moderno paradigmático. Eso lo llevó a decidir, poco antes de su muerte, que su familia saldara con obras de su colección privada sus deudas con el estado francés.

El Museo Picasso de París cobró forma entonces a partir de todos esos trabajos que eran para él una fuente de inspiración constante, aquellos de los que no había querido desprenderse a lo largo de su vida. “De entre mil seiscientos papeles hicimos una preselección de quinientos, que durante tres meses fuimos todos los días depurando hasta llegar a un conjunto esencial que nos permitiera una utopía: compartir con el público la posibilidad de dar cuenta de la vida artística de Picasso, sus intereses, influencias, obsesiones”, cuenta Noorthoorn. A su ayuda acudió Philippot (actual curadora de artes gráficas del museo en París) para asistir en el proceso de selección y sugerir cambios posibles en caso de que alguna de las obras solicitadas no pudiera llegar hasta las paredes del museo.

La que hoy presenta el Mamba es una muestra que trama de forma orgánica la vida plástica de un artista fundamental de la historia del arte de todos los tiempos con la lógica curatorial que el museo viene desarrollando, particularmente sensible al papel como territorio íntimo y prolífico, usina y fermento de obras plásticas disímiles. No es casual que mientras Picasso se exhibe en el primer piso, en la planta baja del mismo museo puedan verse los papeles inéditos de Antonio Berni (vertiente argentina de la modernidad). “Queríamos establecer un diálogo de muestras entre un importante artista argentino como Berni con Picasso –dice Noorthoorn–. Ambos reflexionando a partir de su encuentro con el dibujo”.



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