Los inofensivos

©Yolanda Arroyo Pizarro

FOTO© SARA BAUKNECHT PITTSBURGH POST-GAZETTE

Abuela tenía un agujero en la cabeza de considerable tamaño. De él salían guerreros bantúes, curanderas del imperio Ashanti, médicos brujos yorubas, tamborileros hausa y cazadoras amarillas de Ghana que muy inofensivamente poblaban la sala de nuestro hogar en la costa. Las olas del malecón daban contra el paseo tablado y su olor salitroso llegaba a las escalinatas de la casa, subía hasta la cocina, se restregaba por los intersticios de las habitaciones. Allí la esencia del mar combinaba energías que se disgregaban alrededor de los muebles de mimbre, la mesa de centro y las máscaras africanas que adornaban las paredes. Los guerreros y los médicos brujos eran quienes más argumentaban entre sí, a veces muy fogosamente alzando la voz, a veces muy murmurativos sobre el tema de la intensidad de las mareas o la salinidad de la fragancia del océano. Que si este era más o era menos oloroso que las de la masa de piélago madre abandonada. Que si acá las cebras, los lémures  o una cría de elefante eran más majestuosos. Que si el amamantar de niños recién nacidos era más enternecedor en esta parte del mundo o si su revoloteo de llanto más adolorido. De la mollera abierta de la abuela se desprendían sorpresas originarias del Lago Chad, emergían flautas y toques de tambor estridentes de los mandinga o asomaba la punta del Kilimanjaro, mezquitas de Mali o jinetes de las viñas agrícolas fulani. En ocasiones teníamos que llamar a la grúa para sacar las gigantescas concepciones que atiborraban los espacios, pues no había cabida para dormitar o siquiera comer. Un día comenzó a desbordarse toda el agua del río Congo y arrastró todos los muebles por varias cuerdas de terreno abajo, dejando en el patio, enredada entre los columpios, una canoa varada. De ella salieron, no sin esfuerzo, una familia somalí quienes nos acusaron con desespero, de habernos blanqueado, de haber adoptado costumbres y saberes del amo, y quienes no pararon, día y noche, en exigirnos a gritos el regreso. El griterío aquel se quedó en nuestra húmeda casa por varios años. Cuando la abuela por fin emprendió su último viaje, los somalíes se retiraron con ella, pero fue muy confuso el desapego.  Quienes nos quedamos en el desierto de nuestro jardín, a este lado, nunca supimos, o al menos jamás nos quedó claro, si era aquel el momento de llorar.

© Yolanda Arroyo Pizarro

 

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