Los agustinos

1.

Acostumbro guardar la navaja gillete dentro de la biblia. Preferiblemente en el salmo 51. Gracias a las reuniones de grupo he sabido que este fue el salmo preferido de San Agustín.  Ellos mismos, durante las reuniones de otoño, me han explicado que Agustín fue santo y mártir de la madre iglesia. Lo he declarado, pues, mi mentor, aún después de muerto.  Es mi inspiración y la de todos nosotros. Me habla en sueños y en mensajes telepáticos que a diario presiento me envía. Convencido como estoy a estas alturas del propósito de mi existencia, no tengo problema alguno para seguir sus instrucciones.

Conocí del grupo leyendo una sección en el periódico El Visitante en la que celebraban a San Lucas y anunciaban sus ágapes. Después de visitarlos, todo se ha convertido en una concatenación de eventos. Eventos acertados por cierto.  Voy primero a una tertulia y allí descubro una máxima que dejara el Santo a sus seguidores en el año 433 d.c. De su propio puño y letra escribió: “Nada rebaja tanto a la mente varonil de su altura como acariciar mujeres.”

2.

Recién iniciado en el colectivo, encuentro esta otra cita: “Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda mujer.”

Dicha lectura coincide con el incidente del condón. Así le llamo.

Resulta que empiezo a sospechar de la no lealtad de mi novia. Es decir, no que me sea infiel con otra persona. Algo peor. Peor que la pareja de uno quiera dejarte por otro, es que quiera dejarte por nadie. Descubro que inventa las excusas más tontas para irse de tiendas a solas, para ir a leer a la biblioteca o para simplemente sentarse horas muertas en un parque. Sola.  No llega nadie más. Ni siquiera una de sus amigas. Sola y sin mí.

Yo la sigo sin que ella lo note; paso incluso horas enteras observándola, viéndola aburrirse sin intentar contactarme. Concluyo que prefiere estar aburrida a estar conmigo.  Es entonces cuando comienzo a intentar preñarla.

Como parejas de la modernidad que somos y porque aún estudiamos en la universidad, nos protegemos de traer al mundo bebés indeseados, así que utilizamos profilácticos durante nuestras relaciones sexuales, que son muy pocas a decir verdad. He hecho lo indecible para tratar de multiplicar la cantidad de veces, pero la Eva tentadora que me ha tocado se las ingenia para aplazar los encuentros, no llega a las citas románticas, cancela si sabe que estaremos en solitario y hasta inventa que está en regla. Yo la descubro en la mentira, lo cual es muy fácil de corroborar ya que si ha ido al baño, tan pronto se va de mi apartamento busco los papeles higiénicos sucios o manchados de sangre, huelo el bote de basura y hasta la tapa del inodoro, y en ningún lugar encuentro desperdicios o retazos de menstruación. No solamente es tentadora, es maligna.  Es minuciosamente maquiavélica.

La tarde del llamado Halloween —una de las peores del año en términos espirituales por ser el momento en que más ataques demoniacos enfrenta el hombre de fe— doy con la misoginia salvadora de San Pablo, extraída de los textos de sus Cartas Apostólicas en Primera a los Corintios y en la Primera a Timoteo. Eso de enterarme que la mujer debe aprender en silencio y con total sumisión me hace bien. Eso de que debe hacerle caso solemne al hombre y aceptar su perfecta voluntad, me provoca.

Y así, encuentro la joya, “las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones”. Supe de inmediato que tenía que inventar un plan para que la Eva maligna dejara la universidad y se dedicara a mí.

En la perfecta consecución de mi plan, rompo cada condón que nos disponemos a usar. De manera disimulada. Tomo el paquetito aún sin abrir y lo traspaso con un alfiler varias veces. No se nota.  Y cada vez que tenemos sexo, que son poquísimas, la Eva tentadora no sabe que está siendo inseminada.

 

3.

Pero ella nunca queda encinta. Meses y meses pasan y jamás tiene barriga, ni vómitos mañaneros, ni pérdida del periodo. Le pregunto si está usando pastillas contraceptivas y lo niega. Ella me pregunta por qué yo le cuestiono eso.  Le miento. Le digo que noto cierto acné en su rostro y que a lo mejor las hormonas de las pastillas le están afectando. Se queda muy silenciosa esa tarde. Extremadamente silenciosa. Y se va molesta. Después de eso no ha querido verme más.

 

4.

Semanas más tarde lo comprendo todo cuando a mis manos llega el documento Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino, que lee: “En lo que se refiere a la naturaleza del individuo, la mujer es defectuosa y mal nacida. […] La mujer es un hombre frustrado, un ser ocasional. […] No alcanzo a ver qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños.”

Entonces el ciberespacio abre nuevas oportunidades para mí.  A insistencias del grupo accedo a un foro en común en el que todos somos hombres y todos adoramos a san Agustín, a santo Tomás y a san Gregorio.  De hecho, la página principal del foro se explaya con el lema: “Es más difícil encontrar una mujer buena que un cuervo blanco”. Acto seguido, ingresas una identificación de usuario y una contraseña.

En el foro se leen iluminadoras palabras de Martín Lutero: “Las niñas empiezan a caminar y a hablar antes que los niños, porque la maleza crece siempre más rápido que las buenas semillas”.

De Federico Arvesu: “El organismo de las mujeres está dispuesto al servicio de una matriz; el organismo del hombre se dispone para el servicio de un cerebro.”

De Pitágoras: “Hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”.

Una de las tardes, uno de los integrantes del foro me pregunta si yo estoy listo para el siguiente nivel. Inmediatamente digo que sí.

Me cita para vernos en persona, a solas.

Nos encontramos en la Plaza Colón.  Allí me da un papelito doblado que dice: “Maten a cada mujer que haya yacido con un hombre. Pero todas las mujeres jóvenes que no hayan conocido hombre, a esas manténganlas vivas para ustedes.” Es la declaración adverbatim dictada por Moisés, transmitiendo las órdenes de Jehová Dios a su pueblo en el libro bíblico de Números, capítulo 31, versículos 17 al 18.

Él me mira y yo asiento. Estira su mano y se presenta conmigo: Soy Elí. Yo contesto: me llamo Nehemías.

¿Estás listo, Nehemías?

5.

Acostumbro guardar la navaja gillete dentro de la biblia. Preferiblemente en el salmo 51. Convencido como estoy a estas alturas del propósito de mi existencia, no tengo problema alguno con seguir las instrucciones.

Aguardo.

El sol es una bola naranja que augura un final apocalíptico.

La Eva maldita de la tierra, a la que he seguido sin que lo note, se sentará dentro de poco en la banca del parque que acostumbra visitar aburridamente sola.

Esta tarde he prometido a Elí que iniciará el suplicio.