Los Invasores

    Nos volvimos a mudar a finales de octubre, ya que otra vez nos desalojaron.  Eso supuso una complicación para el tricortrí por ser nuevos en el vecindario. Hubo que improvisar la logística de localización de las calles, los callejones y las esquinas, todas nuevas.  Nos perdimos en ocasiones.  Sin embargo, mami apostó a que como íbamos disfrazados de cualquier cosa, no hacía mucha diferencia. A nadie le importaba después que hubiese risas y dulces.  Ella era feliz, y nos contagiaba. Mis otros dos hermanos menores y yo disfrutamos del Halloween en Villa Fontana, Carolina.

    Fue el primer año en que yo no usé careta.  Ya era mayorcita. Iba vestida con un chaleco marrón, guantes de enormes manos verdes, botines y una diadema con orejitas verdes también, como la de los ogros.  Estaba vestida del personaje de Shrek, y no de Fiona, lo cual fue todo un dilema. No quise ser Fiona. Sin embargo gané el argumento, me hice la desentendida y me salí con la mía.

      Sus ojos, mi cuerpo

    Mis pisadas se fragmentan según avanzo hacia la otra puerta. Miro arriba: mi cama es parte de la casa tomada por fantasmas de tantos muertos que rodearon mi vida. Aquí, en el abismo, vivo en la piel y sexo de mi insomnio. Me alimento de sus fluidos y él de mi cuerpo, ambos bebemos nuestra sangre y nuestro amor. La luz de un arcoíris se refleja en el espejo, pero todo está oscuro. De vez en cuando los colores se escapan del espejo y caen como escarcha sobre mí. Son esas migajas que escupen las sombras que me empujan, otras acarician caprichosamente cada palmo de mi cuerpo, otras entran por mi sexo y salen por mis manos.  Sigo mi camino. El eco de mi insomnio cada vez más cercano, me indica por cual pasillo debo dirigirme. Es largo el abismo cuando no hay certezas.  Abro la puerta y mi insomnio está devorando a otra mujer. Le come el sexo, los pechos, las manos. Llego y le toco la espalda, me mira con la boca ensangrentada y me extiende la mano. Trato de observar de reojo. ¿Seré yo misma esa mujer mutilada? Lo abrazo, mientras siento cómo termino de fragmentarme dentro de él. Soy sus ojos y él mi cuerpo.

    El lobo

    [Cuento – Texto completo.]

    Hermann Hesse


    Nunca antes las montañas francesas habían sufrido un invierno tan frío y largo. Hacía semanas que el aire se mantenía claro, áspero y helado. Durante el día, los grandes campos de nieve, color blanco mate, yacían inclinados e interminables bajo el cielo estridentemente azul; de noche los atravesaba la luna, pequeña y clara, una luna helada, furibunda, con un brillo amarillento cuya luz fuerte se volvía azul y sorda sobre la nieve, y que parecía la escarcha en persona. Los seres humanos evitaban todos los caminos y, sobre todo, las alturas; apáticos y maldiciendo, permanecían en las cabañas, cuyas ventanas rojas, de noche, aparecían empañadas y turbias junto a la luz azul de la luna, y se apagaban pronto.

    Fue un tiempo difícil para los animales de la zona. Los más pequeños murieron congelados en grandes cantidades; también los pájaros sucumbieron a la helada, y sus cadáveres enjutos se convirtieron en botín de águilas y lobos. Pero aun estos sufrían terriblemente de frío y de hambre. Solo unas pocas familias de lobos vivían allí, y la necesidad las empujó hacia una unión más fuerte. Durante el día salían solos. Aquí y allá, uno de ellos cruzaba la nieve, flaco, hambriento y vigilante, silencioso y temeroso como un fantasma. Su sombra delgada se deslizaba a su lado sobre la superficie nevada. Levantaba el hocico puntiagudo en el viento y de vez en cuando emitía un llanto seco, tortuoso. Pero de noche salían todos juntos y rodeaban los pueblos con aullidos roncos. Allí estaban a buen resguardo el ganado y las aves, y detrás de los postigos se apoyaban las escopetas. En escasas ocasiones les tocaba una presa menor, por ejemplo un perro, y ya habían sido muertos dos lobos de la manada. 

     

                                            Mugre Rosa:

    Un mundo que se desmorona

    En Mugre rosa, la escritora uruguaya construye una trama sobre un mundo asolado en una ciudad portuaria con reminiscencias de Montevideo, donde una mujer intenta descifrar por qué su mundo se desmorona frente al acecho de una enfermedad y la muerte, las algas y los vientos envenenados o la pasta color rosa que es ya lo único que se puede comer.

    Pero en esta novela cualquier coincidencia con la realidad es ficción porque la trama fue terminada tres meses antes de que comenzara la pandemia de la Covid-19, por eso más que una premonición –sostuvo la autora– se trata de “lo anticipatoria que puede ser la ficción en muchas ocasiones”.

    Nacida en 1976, Trías es escritora, traductora y docente de creación literaria, autora de las novelas “Cuaderno para un solo ojo”, “La azotea”, “La ciudad invencible” y del libro de cuentos “No soñarás flores”, que en 2017 fue nominado al Premio hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez.

                                                        LA RABIA DE ENRIQUETA

    Sé que voy a morir aquí, pero poco me importa. Mi nombre es Luisa Enriqueta Vázquez Vélez, cincuenta años. Nunca me gustó mi nombre. Domicilio: Cárcel de Vega Baja. Asesinato en primer grado y Ley de Armas. Víctima: Jennifer Rosado Williams, ex Miss Puerto Rico, ex voleibolista, ex relacionista pública. Tiempo presa: siete meses, veintitrés días y ocho horas. Cadena perpetua (treinta años para probatoria, si me porto bien).

    Fui profesora de Bellas Artes en la Iupi y asesora en el Municipio de Guaynabo. Siempre quise llamarme Jennifer. La conocí con la otra ex Miss y un prominente ejecutivo de corretaje en la despedida de año del Condado Vanderbilt. Se remeneó sin pachó con el replique de panderos de plena. Busto descomunal, nalgas de magazín. Casada con un pendejo a la vela.

    A los tres meses me prometió que lo iba a dejar para venirse conmigo. Luego me falló; no quería que la gente pensara que era lesbiana. Me decía que me comportaba como un macho. «Con uno en casa es suficiente», hundía el dedo en la llaga. Quizá tenía razón, pero me dolía mucho: soy toda una mujer.

    Jennifer me volvía loca. No era culta, pero sí simpática, rebelde y lujuriosa. Vulva rosada y bien recogidita (nunca había visto, olido, tocado o saboreado una igual). Cuando se escapaba del gardeo del estúpido de su marido, me la llevaba para el Vanderbilt. Con ella el tiempo no importaba.  Pasión entre sábanas. Dos hembras a fuego.

    Una cosa siempre le advertí: me las pagaría si se enredaba con otra. Soy posesiva al extremo. La amo, la poseo, la celo, la rabio.

     

    (©Luis Enrique Vázquez Vélez, microcuento del libro  “El Pezón y otras minificciones”)

     

     

    Zygmunt Bauman desarrolló el concepto de la «modernidad líquida»

    La modernidad líquida -como categoría sociológica- es una figura del cambio y de la transitoriedad, de la desregulación y liberalización de los mercados.

    La metáfora de la liquidez -propuesta por Bauman- intenta también dar cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones.

    Surfeamos en las olas de una sociedad líquida siempre cambiante -incierta- y cada vez más imprevisible, es la decadencia del Estado del bienestar.

    En Modernidad Líquida Zygmunt Bauman explora cuáles son los atributos de la sociedad capitalista que han permanecido en el tiempo y cuáles las características que han cambiado.

    El autor busca remarcar los trazos que eran levemente visibles en las etapas tempranas de la acumulación pero que se vuelven centrales en la fase tardía de la modernidad. Una de esas características es el individualismo que marca nuestras relaciones y las torna precarias, transitorias y volátiles.

    La modernidad líquida es una figura del cambio y de la transitoriedad: «Los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados». Zygmunt Bauman fue un sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío. Su obra, que comenzó en la década de 1950, se ocupa, entre otras cosas, de cuestiones como las clases sociales

    Susan Sontag

    Autora de numerosos ensayos, piezas literarias e incluso guiones cinematográficos, la obra de Susan Sontag (1933-2004) se caracteriza por una firme intención de renovar y revolucionar la reflexión sobre el arte, la cultura y la manera de entender el dolor, la guerra y la enfermedad

    Susan Sontag no tuvo una infancia fácil. Su frágil salud, además, le enfrentó desde muy pronto a diversas dificultades. Su padre falleció muy pronto (sin apenas conocerle y cuando la autora alcanzaba apenas los cinco años) y su madre, Mildred, nunca le ofreció la atención ni el cariño que un niño requiere. Pero Susan encontró muy pronto un cobijo en y con el que sentirse segura y alentada: la lectura. A los diez años, Sontag ya era una entregada admiradora de las obras de Poe, uno de sus referentes literarios. Como explica Verónica Abdala en su estudio Susan Sontag y el oficio de pensar, «sus familiares y sus amigos de la infancia la recuerdan como una lectora compulsiva, hasta tal punto que el hombre con quien se casó su madre doce años después de enviudar, un poco en broma y un poco en serio, solía decirle que si seguía tan absorta en sus libros nunca encontraría tiempo para enamorarse».

    Extraña a las aficiones y pasatiempos de sus compañeras, Sontag confiesa que en su niñez «todo parecía despertar mi interés. Ni necesidad de encontrar causas y razones, una cierta compulsión a encontrarle el sentido a las cosas era notoria». Un interés que más tarde le llevaría a hacer incursiones en el mundo del cine (dirigió un total de tres películas, Dúo para caníbales en 1968 , Hermano Carl en1971 y Tierra prometida en 1973), en el ensayo crítico y comprometido (guerra, enfermedades, periodismo, etc.), y, por último, en la literatura.

    A través de la cámara las personas se transforman en consumidores o turistas de la realidad, pues la realidad es considerada plural, fascinante y objeto de rapiña.

    La producción de Susan Sontag no puede entenderse sin atender, en paralelo, a los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en todo el mundo a partir de mediados del siglo XX. Unos acontecimientos que, a su vez, ofrecen a nuestra autora un escenario (repleto de conflictos bélicos y revoluciones culturales) desde el cual llevar a cabo una profunda y sensible reflexión crítica sobre su presente y su pasado más inmediatos.

     

    Visitas a Walt Whitman

    Reconocida por sus relatos y ensayos, Virginia Woolf también fue una crítica literaria de primer orden, capaz de enfocarse tanto en la personalidad como en la obra. En la siguiente reseña esboza un retrato inigualable del poeta de América.

    De 1908 a 1938 Virginia Woolf colaboró como crítica literaria en The Times Literary Supplement. Durante dos décadas, el editor Bruce Richmond le envió cientos de libros a comentar, entre ellos Visits to Walt Whitman in 1890-1891, de John Johnston y James William Wallace, un libro que narraba los encuentros de dos miembros de la Bolton Whitman Fellowship con el poeta estadounidense y cuya reseña apareció en la revista el 3 de enero de 1918. A los veintiséis años Woolf empezó su carrera literaria como reseñista, lo que le permitió adquirir independencia financiera y desarrollar algunas ideas sobre las posibilidades del lenguaje y el estilo que más adelante pondría a prueba en sus propias obras, como El cuarto de Jacob, publicada en 1922.

    ***

    Los grandes fuegos de la vida intelectual que arden en Oxford y Cambridge están tan bien alimentados y han vivido por tanto tiempo que es difícil sentir, como uno debería, la maravilla de esta concentración en las cosas inmateriales. Cuando, no obstante, uno tropieza de manera azarosa con un fuego ardiendo de manera aislada sin asociaciones o ánimo para resguardarlo, la flama del espíritu se convierte en un corazón visible donde uno puede calentarse las manos y pronunciar un agradecimiento. Es solo por azar que uno se topa con algunos de estos fuegos. Arden en lugares inesperados. Si se pidiera trazar la condición de Bolton alrededor del año 1885, uno pensaría sin duda en el mercado del algodón, como si el centro de la prosperidad de la ciudad dependiera de eso. No habría mención al grupo de hombres jóvenes –clérigos, manufactureros, artesanos y banqueros de profesión– que se reúne los lunes por la tarde para hablar de asuntos serios, abordar los temas más íntimos y controversiales de manera franca sin miedo a ofender a alguien, y mantener el punto de vista particular sobre que Walt Whitman fue “la figura de la época más grande de toda la literatura”. Sin embargo, quién se atrevería a establecer un límite a los efectos de dicha charla. En esta instancia, además del invaluable servicio espiritual, esta tuvo algunos sorprendentes resultados tangibles. Como consecuencia de esas reuniones dos de sus participantes cruzaron el Atlántico, un flujo constante de regalos y mensajes se mantuvo entre Bolton y Camden, y mientras Whitman agonizaba tenía en su mente a esos “buenos muchachos de Lancashire”. El libro que recuenta estos eventos había sido publicado anteriormente, pero vale la pena que se reimprima por las luces que arroja sobre un nuevo tipo de héroe y la clase de adoración que era aceptable hacia él.