EL NUEVO PARAÍSO

Luis Enrique Vázquez Vélez

En los albores del siglo veintidós, y en medio de grandes expectativas, el Sumo Pontífice de la Iglesia romana se aprestaba a dar una noticia que sacudiría los cimientos de la milenaria institución. Para el importante anuncio, se preparó el principal salón de la nueva Santa Sede en Las Vegas-Nevada. Ante un gran número de periodistas, cibernautas y magos de la tecnología, el Papa –natural de Etiopía y gay recién salido del clóset– tomó la palabra. «Basta ya de tantas mentiras, y de tantas cosas que se han tergiversado a través de los siglos. Declaro que no fue Dios quien expulsó a Adán y Eva del Paraíso; fueron Adán y Eva quienes se expulsaron a ellos mismos del Jardín del Edén. Nadie, excepto ellos dos, intervino en esa decisión».

 Se hizo un silencio sepulcral por espacio de varios segundos… En un descuido de la guardia papal, saltó al estrado una serpiente venenosa que apodaban Mefistófeles –conocido por muchos como uno de los principales coristas transexuales en la Capital del Entretenimiento–, y lo hirió de muerte.

“Soy una tonta por quererte”.

 

que parece ser un boom editorial y literario es, también, un huracán que arrasa. El huracán lleva el nombre Camila, parafraseando a Jaime Bayly. Por su personalidad, por el magnetismo, por la presencia abrumadora que tiene arriba del escenario.

La escritora, actriz y poeta cordobesa se consagró como una de las plumas contemporáneas del momento con Las malas, novela que la llevó a ganar los premios Sor Juana de la Feria de Guadalajara y el Finestres de Narrativa.

 

Soy una tonta por quererte” es un libro de cuentos en los que retoma la furia travesti y bucea en la vida en los márgenes de la pobreza. Es precisamente uno de los títulos más requeridos en el stand de Planeta, que publica sus textos.

Trípili de Madrigueras

 

El brindis sirvió de pie forzado para una nueva sesión.

La última gota de almíbar, en una mezcla de saliva con aroma Marlboro aún escurría de la cresta de una de las hebras venusinas. Ella permitió entonces que con la punta de las lenguas fuera retirada. La humedad en derredor prometía de todo. Afuera llovía confetis en una terna de cristales premonitoria. Adentro, la guarida de amores y romance brindaba el necesario calor por parte de las deidades y los entes trinitarios.

Cueva de ladrones era el lecho; al menos el de ellos, cómplices y abrazados, observando y deleitándose en las irregularidades bellamente diseñadas de los cuerpos: un montículo por allá, un relieve más acá, músculos tensos batallando por distenderse por allí, yo no tengo de eso otro que a ti te sobra, tienes dos de todo aquello que a mí me encanta, que sabor este conjunto de pieles que me provoca… Plenilunio entre las sombras de la habitación y un istmo de voracidades complacidas, ya cumplidas, listas para ser repetidas si fuera necesario y ojalá. Majestuosidad de los cuerpos en el eclipse trimurti.     

 

©Yolanda arroyo pizarro ______________________________________________________

ana maría fuster lavín foto

Sus ojos, mi cuerpo

Mis pisadas se fragmentan según avanzo hacia la otra puerta. Miro arriba: mi cama es parte de la casa tomada por fantasmas de tantos muertos que rodearon mi vida. Aquí, en el abismo, vivo en la piel y sexo de mi insomnio. Me alimento de sus fluidos y él de mi cuerpo, ambos bebemos nuestra sangre y nuestro amor. La luz de un arcoíris se refleja en el espejo, pero todo está oscuro. De vez en cuando los colores se escapan del espejo y caen como escarcha sobre mí. Son esas migajas que escupen las sombras que me empujan, otras acarician caprichosamente cada palmo de mi cuerpo, otras entran por mi sexo y salen por mis manos.  Sigo mi camino. El eco de mi insomnio cada vez más cercano, me indica por cual pasillo debo dirigirme. Es largo el abismo cuando no hay certezas.  Abro la puerta y mi insomnio está devorando a otra mujer. Le come el sexo, los pechos, las manos. Llego y le toco la espalda, me mira con la boca ensangrentada y me extiende la mano. Trato de observar de reojo. ¿Seré yo misma esa mujer mutilada? Lo abrazo, mientras siento cómo termino de fragmentarme dentro de él. Soy sus ojos y él mi cuerpo.   © Ana María Fuster Lavín  ___________________________________________________

LA RABIA DE ENRIQUETA

©fotos suministradas   

Sé que voy a morir aquí, pero poco me importa. Mi nombre es Luisa Enriqueta Vázquez Vélez, cincuenta años. Nunca me gustó mi nombre. Domicilio: Cárcel de Vega Baja. Asesinato en primer grado y Ley de Armas. Víctima: Jennifer Rosado Williams, ex Miss Puerto Rico, ex voleibolista, ex relacionista pública. Tiempo presa: siete meses, veintitrés días y ocho horas. Cadena perpetua (treinta años para probatoria, si me porto bien).

Fui profesora de Bellas Artes en la Iupi y asesora en el Municipio de Guaynabo. Siempre quise llamarme Jennifer. La conocí con la otra ex Miss y un prominente ejecutivo de corretaje en la despedida de año del Condado Vanderbilt. Se remeneó sin pachó con el replique de panderos de plena. Busto descomunal, nalgas de magazín. Casada con un pendejo a la vela. A los tres meses me prometió que lo iba a dejar para venirse conmigo. Luego me falló; no quería que la gente pensara que era lesbiana. Me decía que me comportaba como un macho. «Con uno en casa es suficiente», hundía el dedo en la llaga. Quizá tenía razón, pero me dolía mucho: soy toda una mujer.

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JENNIFER ME VOLVÍA LOCA

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Jennifer me volvía loca. No era culta, pero sí simpática, rebelde y lujuriosa. Vulva rosada y bien recogidita (nunca había visto, olido, tocado o saboreado una igual). Cuando se escapaba del gardeo del estúpido de su marido, me la llevaba para el Vanderbilt. Con ella el tiempo no importaba.  Pasión entre sábanas. Dos hembras a fuego.

Una cosa siempre le advertí: me las pagaría si se enredaba con otra. Soy posesiva al extremo. La amo, la poseo, la celo, la rabio.

Me perdí, no pude verla desnuda y suplicante en brazos ajenos. La noche en que la maté de una puñalada en la caja del pecho, me puse su ropa antes de entregarme en el cuartel de Miramar. Allí grité con furia: ¡Me llamo Enriqueta, nunca me gustó mi nombre!

Sé que voy a morir aquí, pero poco me importa. Juro nunca más celar a una hembra como aquella, ni a maravillarme ante una vulva cualquiera. Y que no me cambiaré el nombre.

(©Luis Enrique Vázquez Vélez, microcuento del libro inédito “El Pezón y otras minificciones”

Resumen y sinópsis de Todo lo que no te pude decir de Cristina Peri Rossi

Siempre hay algo que no podemos decir, que quizá cambiaría nuestra vida, que acaso nos convertiría en inocentes… o en culpables. Todo lo que no te pude decir es la esperada y subyugante novela de Cristina Peri Rossi, donde ratifica por qué se mantiene desde hace décadas como la más moderna y audaz de las escritoras hispanas. En esta apasionante y lúcida historia coral, los personajes se enlazan con relaciones muy diversas (amor, sexo, amistad, poder, posesión…), pero con un hilo común: la asimetría que oculta algo, lo indecible, lo que frustra la comunicación plena. Con una prosa llena de hallazgos expresivos, la hispanouruguaya asume aquí todos los riesgos, porque transgrede convenciones sociales, pero también al huir de la ruta narrativa previsible, transitada, trivial.

 ©derechos reservados foto suministrada

 
No conoce el arte de la navegación
quien no ha bogado en el vientre
de una mujer, remado en ella,
naufragado
y sobrevivido en una de sus playas.
Bitácora
©Cristina Peri Rossi.
Uruguay, 1941

 ©derechos reservados foto suministrada

Secretos de la escritura

 

CHARLES BUKOWSKY

 

Todas estas frases fueron tomadas de La enfermedad de escribir (Anagrama), el libro que compila su correspondencia dirigida a personas como Henry Miller o Hilda Doolittle. La selección de cartas inéditas y también su traducción es trabajo de Abel Debritto. “Es difícil no sentir respeto por su inquebrantable devoción hacia su arte”, se lee en la contratapa.

1. “Una vez escrita, no suelo leer mi obra. Es como aferrarse a un puñado de flores marchitas”.

2. “Escribir es un juego de lo más divertido. Cuando te rechazan, escribes mejor; cuando te aceptan, sigues escribiendo”.

3. “Deletrear bien me aburre…, creo que las palabras son más bonitas y poderosas cuando se escriben mal”. “El santuario de las normas no significa nada para el creador verdadero. (…) Concentrarse en la forma y la lógica, las normas establecidas, es una imbecilidad en medio de la locura”.

4. “No me interesa tanto la fama como la sensación de que no estoy loco y de que las cosas que digo se entienden”.

 

Crianzas

 

(microrrelato)

Cristina Peri-Rossi ©derechos reservados

 

Siempre imagino que mi madre tiene nada más que venticinco años (la edad que ella tenía cuando yo nací), de ahí, que me enfurezca si la oigo arrastrar los pies, cloquear, toser o pensar como una vieja. No entiendo por qué a los venticinco años le han salido arrugas ni me explico cómo siendo tan joven se acuesta tan temprano.

Si en algún momento de pavorosa lucidez advierto que es una vieja, tal descubrimiento me llena de horror, por lo cual trato inmediatamente de expulsar dicho conocimiento de la luz de mi conciencia, de manera que enseguida recupera sus venticinco años.

Ella me trata a mí continuamente como si yo fuera una niña, por lo cual nos entendemos perfectamente.

No insisto en crecer, porque sé que es inútil: para nosotras dos, el tiempo se ha estacionado y ninguna cosa en el mundo podría hacerlo correr. Moriré de cinco años y ella de venticinco: a nuestros funerales asistirá una muchedumbre de ancianos niños y de niños que jamás llegaron a crecer.

Por favor sea breve, Ed. Páginas de espuma, ©2001

VAMPIROS URBANOS

 Ana María Fuster Lavin

La ciudad no susurra, grita. Es una amante que se transforma constantemente en distintos rituales. Vive la urgencia y la velocidad. De un instante, como el parpadeo del semáforo, nacen múltiples historias. Así, los escritores nos detenemos en una esquina cualquiera. Observamos el vaivén de personas anónimas, peregrinos de avenidas y rutinas, vagabundos con y sin trabajo reconocido por la sociedad. Nuestra letra absorbe ese sabroso mejunje de locuras donde nadie conoce a nadie y, aun así, siempre detona un poema, un cuento, una novela. Una vez entras a nuestros sueños apalabrados, no podrás prescindir de nuestras páginas: cemento, alquitrán, árboles valientes, gente enrutinada, desrutinada, ruido y silencios. Somos hijos del día y la noche, apalabramos la crueldad que nubla el corazón humano. Nos urge leer, deambular, convivir y desvivir. La sangre de tantos desconocidos, fuertes e inmensos nos preña de olores. En su plasma soñamos, creamos, nos enamoramos. Desde la ciudad, sus apartamentos, tapones, llamadas telefónicas y calor, el amor puede ser tan intenso, como en una casita de madera entre flamboyanes, vacas y palos de mangó. Siempre tomamos tiempo para amar, beber sus glóbulos y crear mundos vivos, iluminados por la palabra y todas las sensaciones, adjetivos, sustantivos… Luego, regresamos a nuestro sarcófago y escribimos entre las sábanas de una madrugada cualquiera y la complicidad de nuestra computadora solidaria. Los escritores somos vampiros. Cuídate de que en cualquier momento te chupemos una historia o que al leer este libro termines convertido en otro muerto viviente de nuestras palabras.

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Del olvido y la tristeza

 

“Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy.

Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento”.

Alexandra Pizarnik

observar u observarme

abandono mi cadáver

descubro mi reflejo cada día más joven

mientras unas risas azules muerden mi pecho

el eco me lleva a un puente bajo la luna roja

 llorar

sin saber por qué

como el olvido del amor, casi azul

beber un manojito de recuerdos perdidos

antes de descubrir que fui feliz

con cada frase hilvanada al papel

escúchame, ¿fue la herida o el poema?

buscar

quién soy, qué fui,

tal vez el vértigo que se escapa

de cada palabra desertada de mi diario

del arte de vivir, o morir,

que son lo mismo que ser sombra luz

cuando la mente se torna espuma evaporada

minutos antes de recuperar un zigzag de cordura

disculpa, ¿sabes quién soy?

despertar

cada día niña

en una habitación de nubes

mi soledad es una jaula sin pájaros

donde peregrino desde mí misma

mientras los versos se suicidan

en cada olvido en cada tristeza

voy muriendo sin adjetivos sin abrazos

hasta quedar dormida en una isla de humo

irme de mí

irme a ti

cada encuentro efímero

como mi memoria tictac gris   dormir o morir

¿te acordarás de mí?

¿me acordaré de mí?

regresar al lugar de origen

olvidar                                             

    Ana María Fuster Lavín  ______________________

FIGURAS

Porcelana de las figuras

rotas en su abecedario, pasos nuevos,

figuras con simiente de aire,

violencia de aire, o silencio.

Se parecen a lo que pierdo al despertar

o se ríen si estoy descalzo, buscándolas,

porque las veo irisadas en un ángulo, un anverso,

una devoción a mentir crestas o territorios,

figuras que solo musitan

en todo el día, llegan,

ponen sus truenos sobre las sílabas

abren libros perdidos, se disfrazan de pérdidas,

caminan por la casa, se desnudan de su desnudez,

aplacan esos otros zodiacos de la música

y cuando prisionero, me encierro en ellas,

no están, se han ido, han dejado pétalos

comienzo enamorado a creerme esta locura:

el paraíso, perdido en una máscara.

©Marioantonio Rosa. 2022       _____________________________________________

Convertirse

Por Yolanda Arroyo Pizarro

 

La iguana entra a la casa y Francisco y yo corremos de inmediato. Gritamos del susto. Luego reímos por primera vez desde que comenzara el juicio. Reímos el uno con el otro, mirándonos las caras y olvidando lo inolvidable por una fracción de tiempo.

Francisco intenta asustar al reptil con un palo, para guiarlo de vuelta al matorral del jardín abandonado desde hace meses. Intenta que cruce la puerta del arco de madera de nogal descascarado, pero la iguana se rehúsa obedecerlo y entra a nuestro cuarto, habitación exiliada de querencias que ha perdido la guerra a las deposiciones en los tribunales.  

Francisco suelta el madero, lo lanza sobre la grama seca y la tierra arenosamente infértil.  Camina de vuelta a la casa por el pasillo.  Un pasillo que aún no nos traga.  Toma en sus manos una escoba. Deja atrás los jazmines, que ya no se rocían y a la orquídea reina, que ha perdido sus pétalos, e intuyo que ha sido gracias a las semanas de corazones abrumados por las noticias, el enjuiciamiento y el asedio de la prensa. Da golpes en las paredes, en la base de la cama que ya no compartimos, en la rejilla del baño que no nos cobija más, al ras de una cascada de ilusiones deshechas. La iguana da un brinco. Sale apresurada, dándose en las patas escamosas con los zócalos y el filo de una de las butacas. La butaca azul celeste que alguna vez nos abrazó celebrando un tierno aniversario, permanece sucia y sin que nadie ya la limpie.

La iguana arrastra su cuerpo serpentino

EL LOBO

Herman Hesse

                                                Eran tiempos difíciles para los animales de la zona. Los más pequeños morían de frío en gran cantidad, al igual que los pájaros sucumbían víctimas de la helada, cuyos flacos cadáveres  servían como botín a los azores y los lobos. Pero incluso éstos pasaban enormes penalidades a causa del frío y el hambre. Sólo unas cuantas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los obligó a estrechar los vínculos. Pasaron días caminando solos. Aquí y allí uno u otro avanzaba por la nieve, delgado, hambriento y vigilante, silencioso y medroso como un fantasma.  Su enjuta sombra se deslizaba a su lado por la nevada superficie. Husmeando, alargaba al viento su puntiagudo hocico, y de vez en cuando se escuchaba su aullido, árido y atribulado. Por la noche, sin embargo, todos se juntaban y rodeaban las aldeas con broncos aullidos. Allí, el ganado y las aves de corral estaban bien guarecidas, y tras los sólidos postigos había fusiles apoyados. Rara vez obtenían una pequeña presa, como un perro, y dos miembros de la manada habían sido ya abatidos. La helada persistía. A menudo, los lobos permanecían juntos, meditabundos y en silencio, dándose calor entre sí, y acechaban, con ansiedad, aquel terreno sin vida, hasta que alguno, torturado por las crueles punzadas del hambre, se levantaba de pronto con tremendos rugidos. Entonces, los demás volvían sus hocicos hacia él y estallaban, al unísono, en un terrible alarido, tan amenazante Finalmente, la parte más pequeña de la manada decidió echar a andar. Abandonaron sus cuevas muy temprano, se reunieron y, como lúgubre.

Finalmente, la parte más pequeña de la manada decidió echar a andar. Abandonaron sus cuevas muy temprano, se reunieron y, atemorizados y agitados, escrutaron el gélido aire. Después trotaron con un ritmo raudo y uniforme. Los que quedaron retrasados los siguieron con ojos asombrados y vidriosos, y marcharon tras ellos algunos pasos más atrás, hasta que, indecisos y perplejos, se detuvieron y, con paso lento, regresaron a sus vacías guaridas.

Los emigrantes se separaron al mediodía. Tres de ellos giraron hacia el este, hacia el Jura suizo; los otros continuaron hacia el sur. Aquellos tres eran animales hermosos y fuertes, pero terriblemente demacrados. Su pálido y estrecho vientre era fino como un cinturón, en el pecho las costillas sobresalían miserablemente, sus bocas estaban secas y los ojos permanecían abiertos de par en par, desesperados. Los tres llegaron juntos al Jura, al segundo día cazaron una oveja, al tercero un perro y un potro, y fueron perseguidos por doquier y furiosamente por los campesinos de la región. Por aquella zona, rica en pueblecitos y ciudadelas, se extendieron el terror y el miedo a causa de los desconocidos intrusos. Los trineos del correo fueron armados, nadie podía ir de un pueblo a otro sin un fusil.   ________________________________________

El secreto del siempre

“El soñar besa la eternidad” 

Rita Guerrero.

 

Un aroma a salitre y almendras me transporta bajo la cama. Abro mis manos. Una sombra, la misma de la otra noche, se contorsiona entre mis dedos. Sigo sus pasos mientras los sueños se hunden junto a mi insomnio. Bajo por un túnel donde todo es fragancia, satín y humedad. Escucho el susurro de un arcoíris a la distancia. Sigo mi camino junto a la sombra que acaricia mi espalda. Palpo una puerta. Entro a una habitación azul. Convertida en voz, ella me acaricia y me invita a beber de su cuello. Ella también absorbe mi sangre hasta sentirme liviana. Me sonríe con las gotas rojas cayendo de nuestros labios. Salimos de la habitación, regresamos al túnel cogidas de la mano. El sabor de nuestra sangre cosquillea un tic tac  en la melancolía de morir. Antes de abrir la próxima puerta, me dice: ¿Has mordido un beso que te haga descubrir el secreto de siempre?  Bébeme de nuevo, le contesto, pero la sombra desaparece. Abro los ojos, estoy en mi cama. Aspiro el salitre y las almendras, ya atenuados. Escucho a lo lejos: pronto será siempre.

EL ARCO DE LA MEMORIA

El día menos pensado por todos,

el arco de la memoria se tornó lineal.

Desde
ese momento,

para asombro de muchos

y espanto de otros, no volvió

a emitir juicio ni
testimonio alguno.

©Luis Enrique Vazquez Velez, 2020
Bumerán

Poesía nicaragüense: Daniela Tórrez

En el marco del dossier de nueva poesía nicaragüense preparado por Víctor Ruiz, leemos algunos textos de Daniela Tórrez (Managua, 2000). Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas. Es profesora de Literatura. Obtuvo el tercer lugar en el concurso interuniversitario de poesía “Carlos Martínez Rivas”. Ha publicado en la Revista de Lengua y Literatura de la UNAN, Managua y en la revista digital centroamericana Álastor.

 

 

 

La vieja hilandera

 

Mi querido, Ulises
He enmudecido de susurrar tu nombre.
Decime ¿cómo cabe tanta nostalgia en este
                                         minúsculo cuerpo?
entre los odres una caricia se ha escurrido
esperando el momento propicio
para diluirse en tus labios ausentes.

Si me vieras ahora
un esperpento soy,
cascarón inerte que añora tus huesos

 

¿Gritarás acaso
          P e n e l o p e
cuando incendiés la Troya?
¿te acordarás de mí, cuanto escuchés
el canto de Caribdis y Escila,
o reposés tu cabeza en los senos inmortales?
¿me evocarás cuando con tedio recorrás las piernas mediterráneas?
¿Soñarás con el retorno,
volverás a Ítaca,
a mí?

Odiseo, la rueca está cansada de escupir hilos
y mis manos se han secado de esperarte.

 

 

Caronte

Entre las cazuelas
las hormigas se llevan
las migajas de tiempo esparcidas.
¿Vendrás mientras preparo el café
al viejo de pronto desconocido
que finge leer bajo el limonero?
¿o estás entre los cojines del sillón
                      atestado de pelos de gatos
de mi sala,
o en las saladas gavetas
                              del armario de cucharas?
El golpe contra las aguas de tu barca
                                                    o me perturba
sé que me llevarás
ahí
donde otros vientos crecen
y las noches se arremolinan indefinidamente,
las caracolas ya no vociferan nombres
y las revueltas corrientes del río han difuminado
los deshilachados fragmentos de la memoria.

 

 

Cuerpos en la silla

 

El escritorio,
                      el librero,
                                  la silla desvencijada

Cuatro paredes sostenían
                el peso de nuestras sombras

Secreciones,
    humedad,
             el vaivén de los cuerpos-olas
                        d e s p a r r a m á n d o s e
                   en ese solitario rincón
                          atestado de papeles.

El gorgoteo de mudos gritos
     el temblor de nuestros huesos
     sostenidos por una
     vieja y ruidosa silla despintada

 

 

Pequeña muestra de poetas peruanas

Con los poemas de María Emilia Cornejo y después con los de Carmen Ollé, se inaugura un modo de ser de la poesía en Perú y quizá en Hispanoamérica. Influenciadas por la poesía beat, el coloquialismo, el psicoanálisis y por el feminismo de la segunda ola, aparecieron autoras cuyos libros construyeron el prestigio de la poesía peruana escrita por mujeres. Su visión del mundo y la poesía bien puede hacer suya una declaración de la socióloga mexicana Márgara Millán: El feminismo “ha contribuido a la desestabilización del sujeto universal abstracto masculino que propone el paradigma moderno, mostrando su parcialidad en términos sexo/genéricos”. Aquí leemos una brevísima reunión de poemas de Carmen Ollé, Giovanna Pollarolo, Magdalena Chocano, Dalmacia Ruiz-Rosas Samohod, Mariela Dreyfus, Patricia Alba, Rosella di Paolo y Rocío Silva Santisteban.

 

 

 

 

 

La poesía de María Emilia Cornejo es una de las iniciadoras del intimísimo en la poesía contemporánea, sus textos no solo son amorosos sino también contestatarios (…) Cornejo desenmascara las represivas fórmulas con las que se intenta neutralizar el deseo en la mujer a través de la culpa. Carmen Ollé en Fuego abierto. Antología de la poesía peruana.

***

Durante la década de los ochenta hubo un estallido de voces de mujeres. Debido a la naturaleza transgresora de su producción poética que describía el cuerpo femenino y sus funciones, el mal y los placeres perversos del erotismo, se le colgó el membrete de poesía erótica. Carmen Ollé en Fuego abierto. Antología de la poesía peruana.

***

Noches de adrenalina no es solamente uno de los libros bandera de Hora Zero, sino también uno de los más influyentes de la poesía peruana contemporánea.  Modernizó el papel y la mirada de la mujer dentro de nuestra tradición. Diversas poetas, como Rocío Silva Santiesteban, Patricia Alba o Victoria Guerrero partieron de su cauce para edificar discursos donde la conciencia física del cuerpo se ramifica hacia otras instancias y anatomías –sociales, nacionales, políticas e identitarias– y así dialogar a través de sus desvelamientos y desvalimientos. José Carlos Yrigoyen y Carlos Tres Rotondo en Hora Zero. Una historia.

Poesía portuguesa: Sophia de Mello Breyner Andresen

En versión de Fermín Vilela, leemos a Sophia de Mello Breyner Andresen (Oporto, 1919-Lisboa, 2004). Obtuvo distinciones como el  Prémio Camões de 1999 y el Premio Reina Sofía en 2003. Publicó libros de poesía, narrativa, ensayo y teatro. Entre sus libros de poesía destacan: O Dia do Mar (1947) Coral (1950), O Nome das Coisas (1977) e Ilhas (1989).

El hombre

 Era una tarde de fin de noviembre, ya sin ningún otoño.

 La ciudad levantaba sus paredes de piedras oscuras. El cielo alto, desolado, color del frío. Los hombres caminaban por la vereda, empujándose unos a los otros. Los autos pasaban rápido.

  Debían ser las cuatro de la tarde de un día sin sol ni lluvia.

  Había mucha gente en la calle. Yo caminaba, bien rápido, por la vereda. A cierta altura me encontré justo atrás de un hombre muy pobremente vestido que llevaba, al cuello, una niña rubia, una de esas niñas cuya belleza no se puede describir. Es la belleza de una madrugada de verano, la belleza de una rosa, la belleza del rocío, unidas a la increíble belleza de la inocencia humana.

 Instintivamente, mi mirada se quedó atrapada en la cara de la niña. Pero el hombre caminaba muy despacio y yo, llevada por el movimiento de la ciudad, pasé enfrente suyo. Al pasar, giré la cabeza para atrás para ver otra vez a la niña. Fue entonces cuando lo vi. Me paré de inmediato. Era un hombre extraordinariamente bello que debía tener unos treinta años y en cuya cara estaban inscriptas la miseria, el abandono, la soledad. Su traje, que al perder el color se había vuelto verde, dejaba entrever un cuerpo carcomido por el hambre. El pelo era castaño claro, con raya al medio, un poco largo. La barba de varios días le crecía en punta. Esculpida estrechamente por la pobreza, la cara mostraba el hermoso diseño de los huesos. Pero lo más hermoso de todo eran los ojos, los ojos claros, luminosos de soledad y de dulzura. Justo en el instante en el que lo vi, el hombre levantó la cabeza al cielo.

 ¿Cómo contar su gesto?

 Era un cielo alto, sin respuesta, de color frío. El hombre levantó la cabeza con el gesto de alguien que, habiendo cruzado el umbral, no tiene nada más para dar y mira hacia afuera buscando una respuesta: su cara goteaba sufrimiento. La expresión era simultáneamente de resignación, espanto y pregunta. Caminaba despacio, muy despacio, por el lado de adentro de la vereda, cerca de la pared. Iba muy recto, como si todo el cuerpo estuviese erguido en la pregunta. Con la cabeza levantada, miraba el cielo. Pero el cielo eran planicies y planicies de silencio.

 Todo esto pasó en un instante, y por eso yo, que me acuerdo claramente del traje del hombre, de su cara, de su mirada y de sus gestos, no consigo repasar con claridad lo que pasó dentro mío. Era como si me hubiese quedado vacía mirando al hombre.

 La multitud seguía pasando. Era el centro del centro de la ciudad. El hombre estaba solo, solo. Ríos de gente pasaban sin verlo.

 Sólo yo me había parado, inútilmente. El hombre no me miraba. Quería hacer algo, pero no sabía qué. Era como si su soledad estuviera más allá de todos mis gestos, como si ella lo envolviera y lo separara de mí y fuese demasiado tarde para cualquier palabra o remedio. Era como si tuviera las manos atadas. Así es como, a veces, en los sueños queremos actuar y no podemos.

 El hombre caminaba muy despacio. Yo estaba parada en medio de la vereda, contra el sentido de la multitud.

 Sentí que la ciudad me empujaba y me separaba del hombre. Nadie podía verlo caminar lentamente, tan lentamente, con la cabeza levantada y con una niña en brazos, frente a la pared de piedra fría.

 Ahora pienso en lo que podría haber hecho. Debería haberme decidido. Pero tenía el alma y las manos pesadas de indecisión. No veía bien. Sólo podía vacilar y dudar. Por eso estaba ahí parada, impotente, en medio de la vereda. La ciudad me empujaba y un reloj daba la hora.

 Me acordé de que tenía a alguien esperándome y que llegaba tarde. Las personas que no veían al hombre empezaban a verme a mí. Era imposible quedarse quieta.

 Así que, como el nadador que se ve atrapado en una corriente deja de luchar y se deja llevar por el agua, así dejé de oponerme al movimiento de la ciudad y me dejé llevar por la ola de gente que se alejaba del hombre. 

 Pero mientras seguía por la vereda rodeada de hombros y cabezas, su imagen quedó suspendida en mis ojos. Y nació en mí una sensación confusa de que había algo o alguien que reconocía.

 Rápidamente evoqué todos los lugares donde había vivido. Desenrollé la película del tiempo. Las imágenes pasaban oscilantes, un poco rápidas y temblorosas. Pero no encontré nada. Y traté de reunir y revisar las memorias de los cuadros, de los libros, de las fotografías. Pero la imagen del hombre seguía estando sola: la cabeza levantada mirando al cielo, con una expresión de infinita soledad, de abandono y de pregunta.

 Y desde el fondo de la memoria, traídas por la imagen, bien despacio, una por una, inconfundibles, aparecieron las palabras:

–Padre, padre, ¿por qué me has abandonado?

 Entonces me di cuenta por qué el hombre que había dejado atrás no era un desconocido. Su imagen era exactamente la misma que se había formado en mi espíritu cuando leí:

–Padre, padre, ¿por qué me has abandonado?

 Esa era la posición de la cabeza, esa era la mirada, ese era el sufrimiento, ese era el abandono, esa era la soledad.

 Más allá de la dureza y las traiciones de los hombres, más allá de la agonía de la carne, empezaba la prueba del último suplicio: el silencio de Dios.

 Y los cielos permanecieron desiertos y vacíos sobre las ciudades oscuras.

 Me di vuelta. Subí a contracorriente el río de la multitud. Tuve miedo de haberlo perdido. Había gente, gente, hombros, cabezas, hombros. Pero de repente lo vi. Se había parado, aunque seguía sosteniendo al niño y mirando al cielo.

 Corrí, casi empujando a la gente. Estaba ya a dos pasos de él. Pero exactamente en ese momento, el hombre se cayó al suelo. De su boca manaba un río de sangre y en sus ojos seguía la misma expresión de infinita paciencia.

 La niña rubia había caído con él y lloraba en medio de la vereda, escondiendo su cara en la falda de su vestido manchado de sangre.

 Entonces la multitud se detuvo y formó un círculo alrededor del hombre. Unos brazos más fuertes que los míos me empujaron para atrás. Estaba afuera del círculo. Intenté atravesarlo, pero no pude. Las personas apretadas unas contra otras eran como un único cuerpo cerrado. Delante mío había hombres más altos que yo que me impedían ver. Quise asomarme, pedí permiso, intenté empujar, pero nadie me dejó pasar. Escuché lamentos, órdenes, silbidos. Entonces llegó una ambulancia. Cuando el círculo se abrió, el hombre y la niña habían desaparecido.

 Entonces la multitud se dispersó y yo me quedé en medio de la vereda, caminando hacia delante, arrastrada por el movimiento de la ciudad.

*** 

  Pasaron muchos años. El hombre seguramente haya muerto. Pero sigue al lado nuestro. Entre las calles.

LA GALERIA

José Luis González

A César Andreu Iglesias

Yo tenía quince años entonces…
El licenciado y su familia llegaban todos los domingos poco antes del mediodía, en el gran Packard color chocolate. Si era día de sol, el automóvil levantaba nubes de polvo sobre el camino casi intransitable que llevaba de la carretera a la casona; si llovía, cada bache representaba un obstáculo temible: en más de una ocasión había sido necesario emplear una yunta de bueyes para arrancarle al lodo su pesada presa. Mi padre, cada domingo, cuando abandonaba su mecedora en la amplia galería y se adelantaba a recibir a los compadres al pie de la escalinata de mampostería, murmuraba con disgusto:
—Es una vergüenza ese camino. Va a haber que empedrarlo un día de éstos.
(Pero todavía hoy, al cabo de doce años, según me cuentan, el camino sigue sin empedrar.)
El licenciado y su mujer salían del Packard, sonrientes. La sonrisa de la mujer del licenciado había que adivinarla bajo el pañuelo con que se venía cubriendo la nariz cuando el día de sol propiciaba la polvareda. Carmencita, la hija de mis padrinos, diecisiete años radiantes, en un vestido reveladoramente vaporoso, descendía también del automóvil, buscando de frente mi mirada huidiza.
Mi madre salía entonces de la casa, quitándose el delantal que se ponía para estar en la cocina. Ella también sonreía. Los hombres se estrechaban las manos. Las mujeres (Carmencita también) se besaban las mejillas. El licenciado me daba una palmadita en la cabeza, me regalaba una frase impensada y después todos subían (subíamos, yo el último, bebiéndome a Carmencita con los ojos sin que se notara) a la galería y se sentaban.
El licenciado se arrellanaba en la butaca, su butaca que nadie más usaba porque había sido hecha a la medida de sus amplias posaderas y resultaba incómoda para cualquier otra persona, echaba un vistazo hacia el campo ahíto de sol y sacaba del bolsillo de su camisa de mangas cortas las gafas oscuras que siempre se quitaba antes de saludarnos al pie de la escalinata.

—Bueno, ¿y cómo está el ahijado? —preguntaba entonces mi madre.   .

El ahijado era el hijo menor del licenciado, que mis padres habían apadrinado para constituir un doble compadrazgo.

—Lo más bien —decía la señora del licenciado—. Pero dándonos candela con el mal apetito. Hoy la abuela se empeñó en que lo dejáramos con ella.

Después mi padre entraba en la casa por unos instantes para regresar con la botella de Fundador y una bandeja con cuatro vasitos. Yo me preguntaba por qué siempre traía cuatro vasitos, si las mujeres nunca tomaban. Tan pronto mi padre empezaba a llenar los vasitos, la señora del licenciado advertía “Acuérdese que yo no, compadre”, y se iba a la cocina a ayudar a mi madre en la dirección de las dos jíbaras que preparaban el almuerzo

El brandy llenaba el aire de un aroma delicioso, que a mí me gustaba casi tanto como el olor de la gasolina cuando llenaban el tanque de nuestro automóvil. Mi padre y el licenciado levantaban los vasitos colmados, y el licenciado decía, con su profunda voz de bajo

—Bueeeno . . .

Y mi padre

—Santé

                                                        ANIMA  ALADA

 Rosario Ferré
      

        Aquel silencio que me seguía  a todas partes, pisando
sobre mullidos colchoncillos, me convenció de que los gatos eran
ánimas aladas. Anima Alada era toda blanca, lo que implica ya una
contradicción, pues los gatos tiene siempre algo de sombra y las
sombras son inevitablemente negras.Pero Anima se escurria por
entre los muebles como una mancha de nieve que se resistía a
derretirse. Era sata, pero hidalga por naturaleza. Jamás se rebajó a
meter el rabo entre las patas, jadear con la lengua afuera,
desgaritarse tras una presa y otras barbaridades por el estilo que
suelen hacer los perros. Si el cálido ronroneo de su lomo solía ser,
en un momento, la más maravillosa prueba de amor, también el
inesperado zarpazo dejó muchas veces la huella de su paso.

       Cuando Anima estaba a mi lado, su calma se me
contagiaba. Nunca tenía prisa, aunque tuviese hambre. Jamás se
atragantó la comida, sinó que la mordía delicadamente, hincando
sus colmillitos en el paté de pollo o de ternera Gourmet Foods. Los
gatos nacen con la sabiduría de la paciencia. Algo de chino sin duda
hay en todo gato — quízá por eso nacen con los ojos rasgados.

       Anima era, como todos los gatos, un ser sumamente
Económico. Comía solo lo necesario, aunque le dejaran el plato
rebosante de comida.Pero era su instinto de economía en el espacio
que ocupaba lo que más me llamaba la atención sobre ella. Yo podía
estar sentada durante horas mirándola. Su lengua, de punta rugosa
y áspera, le servia de diminuto estropajo, y con ella se bañaba desde
la punta de 1a cola hasta las orejas. Empezaba con los hombros, el
lomo, las cuatro patas, y finalmente — lo que más trabajo le daba –
el cuello, para lo cual tenía que girar la cabeza y a la vez mantenerla
muy cerca del cuerpo con habilidad de contorsionista. Su cola,
también blanca pero con punta de pincel negro, subrayaba la
importancia que le daba a no ocupar ni un pelo más allá del espacio
que le correspondía. Cuando se sentaba sobre las patas de atrás,
colocaba las de alante muy juntitas y cerca del cuerpo, y con la cola
se daba a sí misma la vuelta, abrazándo todo su perímetro.

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Después del primer sorbo, el licenciado hacia chasquear la lengua y se preparaba a encender un gran puro. Digo se preparaba porque la cosa tardaba dos o tres minutos: primero la pequeña mordedura que decapitaba el habano, en seguida la inserción de medio palito de fósforo en el extremo mordido, y finalmente la meticulosa aplicación del fósforo encendido de manera que el cigarro empezara a quemarse uniformemente alrededor de la punta. Tras las dos primeras bocanadas, expelidas hacia arriba, hacia el bigote diminuto (a mí me recordaba al alemán que salía todos los días en el periódico) y la nariz para aspirar bien la fragancia, el licenciado apuraba el resto del brandy, conservaba el vasito vacío en la mano y le echaba una mirada llena de ternura a la botella. Mi padre, entonces, con un gesto muy casual, volvía a llenarle el vasito mientras comentaba.

—Si las cosas siguen como van en Europa, dentro de poco habrá que conformarse con el ron del país, no le parece.

—Que nunca ha envenenado a nadie, compadre, la verdad sea dicha —respondía mi padrino._____________________________

Las malas es un rito de iniciación, un cuento de hadas y de terror, un retrato de grupo, un manifiesto explosivo, una visita guiada a la imaginación de su autora y una crónica distinta de todas. En su adn convergen las dos facetas trans que más repelen y aterran a la buena sociedad: la furia travesti y la fiesta de ser travesti. En su voz literaria conviven Marguerite Duras, Wislawa Szymborska y Carson McCullers, con tonada cordobesa. Las malas es esa clase de libro que, en cuanto terminamos de leer, queremos que lo lea el mundo entero.  Editorial: Tusquets _________________________________________________________________

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