La ética de la crueldad

Ana María Fuster Lavín

El profesor llega frente al auditorio. La asistencia es de unos quince estudiantes. Respira profundo y enciende el proyector. En la pantalla vemos imágenes de gallinas degolladas colgando como piñatas, de un chivo que es arrojado de lo alto de un campanario, entre otros, todos rituales provincianos. Habla a los asistentes sobre el arte de provocar ante lo inevitable y de cómo el hombre a través de la historia se ha deleitado con la crueldad. Dos o tres escuchan incrédulos, otro solo textea en su celular. El académico, quien también es escritor, recurre a sus encantos de orador, lee textos de sus libros donde se documenta cómo amamos lo cruel y cómo nos evadimos ante el arte del confort, donde todo se resuelve y tiene un final feliz como en las novelas de Coelho, o en el cine de Hollywood. Vuelve a mirar al público. Ya solo queda una asistente prestándole atención que aplaude emocionada al terminar. Al escucharla, todo el público aplaude entusiasmado. Incluso cuatro profesores que entraron tarde a la conferencia, y ya eran diecinueve en el aula. El conferenciante, también corresponsal de viajes, pregunta a la estudiante atenta qué piensa de sus argumentos. Ella, muy tímida, se sonroja. Abre su maletín, saca una CZ75 automática de 9mm. Dispara a todos, menos al escritor. La sangre y los pedazos de piel y carne caen del techo como una lluvia tropical. Ella empuja al profesor contra la pared, lo besa en la boca, le acaricia los cabellos y le dice, “digamos que si huimos los dos de aquí, buscamos el confort, la evasión fácil. ¿No?” El escritor asiente tembloroso, pero a usted le apasionan los finales crueles. Él asiente con la cabeza con expresión suplicante. Ella lo vuelve a besar en la boca y pone la pistola entre ambos. “Le daré un final cruel a esta conferencia. Adivine cuál.” Otro disparo. Uno de los dos cae al piso.