Érase que el cazador de sueños había dominado toda la región.

El cazador de sueños  ana maria fuster ©

Érase que el cazador de sueños había dominado toda la región. Sin estos fueron desapareciendo las palabras de los libros y los recuerdos. Poco a poco, la población quedó muda; escasearon la comida y las conversaciones. Con el tiempo, la mayoría fue convirtiéndose en caníbales. Algunas personas —las que aún conservaban la voz— se refugiaron en cuevas. La única esperanza de los aún hablantes era dar con el paradero del vil asesino onírico. Un día, una niña pudo soñar. Salió de su escondite y despertó a los caníbales. Les contó lo ocurrido en su mente mientras dormía. Se unieron a ella y, luego de muchas horas de búsqueda, encontraron al fugitivo y lo devoraron hasta no quedar más que pedacitos de sus huesos y un charco de sangre. De sus restos brotaron rosas. Los caníbales comenzaron a alimentarse solo de ellas. Mientras más rosas comían, más retoñaban. En las noches escupían las espinas a los durmientes; poco a poco los sueños fueron invadiendo la región. Por las rendijas de las manos de los habitantes comenzaron a liberarse pequeños tornados, que produjeron que ellos escribieran quiénes habían sido antes de tan terrible evento provocado por el ahora occiso. Las palabras comenzaron brotar de los libros, así como la melancolía, los recuerdos y sus fantasías. Todos volvieron a hablar.

 

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