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Dábamos unos pasos. Yo todavía no me animaba a afrontar
su mirada, que sentía de lado como una brasa junto al rostro. Frente al recental nos deteníamos unos momentos. Yo, que le había puesto nombre —”Soñador”, por el lucero en la frente— y lo llevaba a mamar todos los días después de cada ordeño, lo miraba ahora sin verlo. Carmencita, a pesar de que ya no hacía falta, dejaba su mano en la mía. Y a poco, cuando yo comenzaba a temer que el corazón, exhausto, se me detuviera en cualquier instante, ella se me colocaba por delante con un movimiento rápido.
—No vendrá nadie? —me preguntaba, casi en un susurro. Yo hacía un esfuerzo, y de la garganta terriblemente seca sacaba al fin las palabras de costumbre:
—No. Los domingos no hay na más que un ordeño, por la tarde.
—Na más, na más —me remedaba ella riéndose—. Estás hecho un jíbaro.
Yo me sentía ruborizar, resentido además, porque en aquello de ser jíbaro no admitía razón de burla. Entonces, con una audacia casi heroica, tomaba su otra mano. Ella, adelantándose a los hechos, objetaba:
—No, aquí no. Vamos a los sacos.
“Los sacos” eran la estiba de costales de avena americana con que alimentaban a los caballos de paso fino de mi padre. Hasta allí llegábamos, y Carmencita, recostada en la estiba, todavía preguntaba una vez más:
—Seguro que no vendrá nadie?
Yo esta vez no contestaba. No podía.
—Porque sería terrible, imagínate. . . —añadía ella—. Una muchacha como yo, con novio…
El golpe era maestro. Yo sentía una fuerza ciega creciéndome por dentro, nublándome el cerebro. antes de darme cuenta de lo que hacia me encontraba con la muchacha entre los brazos, mi boca frente a la suya, repitiendo con vehemencia:
—¡Mentira! ¡Mentira!
Ella soltaba entonces la risa:
—Niño!
Aquello era peor, y ya no era capaz de contenerme. Sus labios, oprimidos bajo los míos, se entreabrían con dificultad Sus manos me empujaban débilmente hacia atrás.
—Así no, brutito, así no. ¿Cuándo vas a aprender?
Ella misma me tomaba entonces la cara entre las manos y me atraía hacia su boca experta. Yo entraba en aquella gloria húmeda y tibia con los ojos cerrados. Su pequeña lengua móvil resistía y alentaba a un tiempo el avance de la mía, en un dulce combate sin victorias ni derrotas. Mis manos, hasta entonces inmóviles sobre su espalda, se hacían más atrevidas: mientras la izquierda ascendía hasta su hombro, la derecha se deslizaba lentamente hacia un costado, hasta posarse con codicia sobre la firme convexidad del seno y oprimir con un leve pellizco el pezón endurecido. En aquel instante Carmencita dejaba escapar un gemido y una de sus manos se crispaba sobre mi nuca hasta lastimarme. Mi mano izquierda, entonces, abandonaba su hombro y recorría su vientre en un descenso rápido. Un súbito empujón de la muchacha deshacía en ese momento nuestro abrazo.
—¡No!
Despeinada, los ojos encendidos, los labios temblorosos y humedecidos por el beso para mí era entonces más hermosa que nunca. Yo no aceptaba su rechazo y ella oponía una resistencia tenaz a mis nuevas tentativas:
—¡No!, eso no! ¡Eso no! ¡No puedo!
—Sí puedes… sí puedes… —jadeaba yo, rodeando su cintura con mis brazos, buscando con mi boca, ansiosamente, la suya esquiva Y, cuando ya casi rendida por mi sobre la base de la estiba sus piernas empezaban a separarse bajo la presión de las mías, recurría sin vacilación a la amenaza:
—¡Grito!
La exclamación me desarmaba por un instante, que ella aprovechaba para recobrar rápidamente el terreno perdido, y sus piernas volvían a juntarse con firmeza. El débil intento de liberarse de mi abrazo, sin embargo, fracasaba Entonces decía, sin mucha convicción:
—Ya está bien Vámonos
—¡No!
—Si.
—¡No!
—¿Por qué?
—Otro beso.
—No, ya no.
—El último
Y las dos bocas anhelosas se fundían nuevamente en un encuentro prolongado hasta el cansancio. Pero entonces mis manos permanecían inmóviles sobre sus tiernos hombros de adolescente.
Al regresar a la casa, la señora del licenciado nos reprochaba con fingida severidad
—¡Bueno, ah, se perdieron!
Pero después, cuando veía a Carmencita de más cerca, su enojo se hacía real:
—¡Nena! Mira cómo está de ajado ese vestido ¿Qué le hiciste?
Yo cerraba los ojos (tierra, trágame) y contenía la respi
ración. Pero Carmencita, con admirable sangre fría, explicaba en seguida:
—¡Ah, el becerrito! Cuando lo fui a acariciar, me dio una cabezada y me tumbó. Éste se rió muchísimo, el muy bobo.
“El muy bobo” era yo, que apenas había vuelto a abrir los ojos.
—Pues acuérdate —decía entonces mi madrina, todavía enfadada—, para que cuando vengas al campo no se te antoje ponerte el vestido más bonito.
Carmencita se sonrojaba entonces hasta las raíces del cabello y yo tenía que hacer un tremendo esfuerzo para impedir que la revelación me hiciera gritar de orgullo.
Después del almuerzo volvíamos a la galería. El licenciado encendía otro puro, se volvía a poner las gafas oscuras (que se había quitado para almorzar) y echando hacia atrás la cabeza decía con aire ausente:
—De lo que se acuerda uno a veces…
Yo, sentado en el suelo, recostado en la balaustrada, esperaba el relato con placer anticipado. Mi padrino sabía contar, y aquélla era mi pasión secreta (sólo que yo prefería escribir las cosas para después esconderlas por temor de que alguien las leyera). El domingo anterior el licenciado había relatado un episodio de su vida de estudiante en los Estados Unidos, y a mí me había fascinado especialmente la descripción de una noche de invierno, con la nieve que llegaba a las rodillas de mi futuro padrino y el viento que corría aullando por las calles de una ciudad desconocida.
—De lo que se acuerda uno a veces… —repetía el licenciado, como para asegurar la atención del grupo, en particular de las mujeres, que a veces iniciaban una conversación

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